miércoles, 19 de mayo de 2010

El asno y la lira


Asinus iacentem uidit in prato lyram.

Accessit et temptauit chordas ungula;

sonuere tactae. -“Bella res; sed, mehercules,

male cessit”, inquit, “artis quia sum nescius.

Si repperisset aliquis hanc prudentior,

diuinis aures oblecta(ui)sset cantibus.”

Sic saepe ingenia calamitate intercidunt.


La fábula latina de Fedro dice así: "Un borrico vio una lira que estaba tirada en un prado. Se acercó y tocó sus cuerdas con la pezuña; al tañerlas, resonaron. "Bonita cosa; pero, rediez, me ha salido mal -dijo-, porque soy ignorante del arte. Si se la hubiera encontrado alguien más entendido que yo, habría deleitado nuestros oídos con sus divinas notas." Así a menudo los talentos se malogran por desgracia.


Así recreó nuestro Tomás de Iriarte (1750-1792) la vieja fábula de Fedro en la que se inspiró, haciendo una versión en la que sustituye el instrumento de cuerda que es la lira por el de viento que es la flauta, para crear su famoso burro flautista que tocó la flauta por casualidad:

Esta fabulilla,

salga bien o mal,

me ha ocurrido ahora

por casualidad.


Cerca de unos prados

que hay en mi lugar

pasaba un borrico

por casualidad.


Una flauta en ellos

halló, que un zagal

se dejó olvidada

por casualidad.


Acercóse a olerla

el dicho animal

y dio un resoplido

por casualidad.


En la flauta el aire

se hubo de colar,

y sonó la flauta

por casualidad.


-“¡Oh! -dijo el borrico.

¡Qué bien sé tocar!

¡Y dirán que es mala

la música asnal!”


Sin reglas del arte

borriquitos hay

que una vez aciertan

por casualidad.


Haciendo literatura comparada, podemos llegar hasta la siguiente rima de nuestro poeta Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) que, aunque lírica, puede guardar alguna relación con la vieja fábula de Iriarte y a través de él con la más vieja de Fedro en cuanto al contenido.

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueña tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo,

veíase el arpa.


¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!


¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz como Lázaro espera

que le diga: “Levántate y anda”!




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