lunes, 6 de agosto de 2012

Por curiosidad


Leo en la prensa que el explorador  Curiosity ha culminado con éxito su aterrizaje sobre la superficie de Marte, donde ha llegado un poco más tarde de lo previsto (las 05.31 GMT, 07.31 hora española), completando un viaje de 567 millones de kilómetros en busca de pruebas de vida en el planeta rojo.

Lo primero que me llama la atención de esta noticia es el nombre que le han puesto al armatoste ese del robot en la lengua del imperio:  “curiosity”. Es una palabra de ese más de 50% de vocablos de origen latino y no sajón de los que se nutre el idioma inglés, que es la lengua del imperio. En efecto, la palabra “curiosity” deriva de la latina “curiositatem”, que tenemos en español “curiosidad”, en italiano “curiosità”, en portugués “curiosidade”, en rumano “curiozitate”, y en francés “curiosité”. Es muy probable que la palabra, si no entró directamente a través del latín cristiano,  haya entrado en la lengua de Shakespeare a través del francés que llevaron a la gran Bretaña los normandos.

La etimología de “curiositatem” es muy curiosa, si vale la redundancia: deriva del sustantivo “cura” que significa en latín  “preocupación, cuidado, interés”. Y en ese sentido la curiosidad sería el deseo de conocer, el cuidado e interés que uno pone en informarse de algo. Probablemente por eso le hayan puesto el nombre a la máquina esa, pienso yo.

Pero hemos de tener en cuenta que así como hay una curiosidad muy sana, que hay que despertar y cuidar, hay otra que no es buena, ya que como dicen los franceses “la curiosité est  un vilain défaut”, y, entre nosotros, “la curiosidad mató al gato”. Y es que en la curiosidad hay algo también de indiscreción, un deseo de saber lo que no nos interesa o no nos importa, un malsano o insano afán de entrometernos en la vida privada de los demás, en lo que no nos incumbe, en definitiva, porque no nos afecta, porque ni nos va ni nos viene. No estoy hablando de la "sofía" o amor imposible y no correspondido de los filósofos por la sabiduría, sino del afán de "saber" en el peor sentido de la palabra, que es en el de saber lo que ya se sabía.

El caso es que debemos celebrar, según parece, que el engendro del Curiosity haya culminado con éxito su misión: su largo viaje de tantísimos millones de kilómetros, con todos los esfuerzos y dineros que esa proeza de ingeniería espacial ha costado y que no son pocos, para que ahora se dedique a la tarea de buscar pruebas de vida en el planeta marciano y de retransmitírnoslas. El habitante de la Casa Blanca ha llegado a regurgitar: "Hoy, en el planeta Marte, Estados Unidos ha hecho historia".

Todo sea por el progreso de la Ciencia -un gran paso para el futuro de la investigación espacial-  y de la Humanidad, con mayúsculas, pero no de los hombres y mujeres de a pie, con minúscula como corresponde a los nombres comunes, corrientes y molientes, que vivimos por aquí abajo, a los que una curiosidad aún mayor nos empuja a preguntarnos qué es eso de la vida que andan buscando algunos por ahí afuera lanzándose al espacio intergaláctico en una loca carrera sideral.

La curiosidad por saber si pudo existir vida en Marte en alguna ocasión o si el planeta rojo, cuyo nombre procede del dios de la guerra por sinécdoque del color rojo que lo caracteriza y que es epíteto de la sangre derramada, puede llegar a ser habitable y albergar las condiciones idóneas para la actividad humana en un futuro siempre inalcanzable por definición ha llevado a los ingenieros de  la NASA a emprender esta heroica proeza espacial con la que pretenden, además, mantenernos entretenidos y distraídos, alienados, como se decía antes, desviando nuestra atención de lo que realmente nos interesa: ¿Hay condiciones idóneas para que se desarrolle la vida en el planeta azul, o sea, aquí y ahora por ejemplo?




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