martes, 18 de junio de 2013

Celebrando a Euclides de Mégara



La filosofía no es una ciencia ni una ideología ni tampoco una asignatura del Bachillerato –lo que se estudia ahora en Bachillerato es, en el mejor de los casos, Historia de la Filosofía,  o Ciudadanía y Ética o algo así, pero no filosofía-, sino una pasión, un deseo,  un amor incondicional, ay e imposible, una querencia, como indica el primer miembro de la palabra griega “filo-”, por la “-sofía”, es decir, por la sabiduría. 

Y la sabiduría -¿qué es la sabiduría?- sólo puede definirse por la vía negativa: sabiduría es lo que no se sabe, lo que no se tiene. Es un anhelo que nos lleva a cuestionar y negar lo mucho, demasiado que por paradójico que parezca ya sabemos y tenemos, las ideas recibidas, la fe y las creencias inculcadas que entorpecen el razonamiento, y el descubrimiento de la verdad. 

Los filósofos son, pues, amigos de saber, pero no sabios, ni mucho menos sofisticados sofistas o licenciados y profesores de Filosofía o intelectuales que hacen del pensamiento que nos es común a todos su profesión.


Cuando el oráculo de Delfos sentenció que el hombre más sabio del mundo era Sócrates, el propio nominado fue el más sorprendido por semejante respuesta de la pitonisa de Apolo,  y se dedicó, como buen amigo que era del saber, a averiguar qué podía haber de cierto en ese sorprendente veredicto oracular. 

Fue visitando una tras otra a todas las personalidades de la Atenas de su época, que era la de Pericles,  a políticos, intelectuales, artistas, preguntándoles qué sabían. La sola pregunta resultaba impertinente porque -¿sin querer?- cuestionaba la supuesta posesión de la verdad de sus sapientísimos conciudadanos.

La figura de Sócrates resultó enseguida incómoda a los poderosos de aquel mundo, que es este mismo nuestro, todavía, que llegaron a compararlo con un tábano, o una mosca cojonera, diríamos hoy con expresión más castiza. Pues resultaba molesto que alguien pusiera en tela de juicio la realidad preguntándose una y otra vez qué son las cosas, "¿tí estin?", que decía Sócrates en griego clásico una y otra vez.

Ante la afirmación que hacen algunos adultos de que "Así es la realidad" o "Así son las cosas" o "Las cosas son como son", Sócrates se preguntaba una y otra vez:   ¿cómo son las cosas? ¿qué son las cosas? ¿qué es la belleza? ¿qué es la libertad? ¿qué es la política? ¿qué...?


Quizá lo que había querido decir el oráculo, concluyó un buen día, era que él era el hombre más sabio del mundo porque era el único consciente de su vasta ignorancia. 



Por eso se dedicó a desengañar a los que querían escucharle y conversar con él atendiéndose a razones, jóvenes mayormente de clase alta, desocupados y aún no integrados en la sociedad adulta, como el bellísimo Alcibíades, lo que le granjeó la antipatía general de los mayores y lo que acabó llevándole a la muerte, reo de pena capital  por corromper a la juventud con sus enseñanzas, aunque más propiamente habría que llamarlas “desenseñanzas” o desengaños, así como por no creer en los dioses en los que creía la ciudad y por meter otros, condenado que fue a beber la cicuta letal por el régimen democrático de Atenas, ilustre antecedente del que padecemos ahora.



El proverbio latino "philosophum non facit barba" (La barba no lo hace a uno filósofo) advierte sobre el hecho de que las apariencias engañan. Solemos decir que no hay que confundir la realidad con sus apariencias, pero de hecho, en realidad,  la realidad está constituida precisamente por sus apariencias, con las que se con-funde, y eso es lo que un filósofo debe denunciar: las mentiras de la realidad. Aunque la mayoría de los filósofos griegos, si no todos,  eran barbudos, no se puede generalizar y decir que todos los personajes que se dejen la barba sean filósofos griegos.   

No es sólo que las apariencias engañen, como dice el refrán, y es verdad, y, por lo tanto, no hay que fiarse nunca mucho de ellas, es que, además, las apariencias son la única realidad que hay. Ya se sabe que la mujer del César no sólo debía ser honesta, sino sobre todo parecerlo: de hecho era más importante guardar las apariencias que lo otro. 

Sócrates, al que suele representarse barbudo, por supuesto, -el rasurado fue cosa de los romanos-,  era frecuentado por muchos discípulos, como hemos dicho: el más famoso será Platón, fundador de la Academia, y de la filosofía académica que vino después. Uno de los menos conocidos, sin embargo, fue Euclides de Mégara, del que queremos hacer aquí mención, para celebrar su nombre, al que no hay que confundir con el matemático alejandrino que también se llamaba Euclides, mucho más conocido por la posteridad. 

Cuando se les prohibió en Atenas la entrada a los varones megarenses a propuesta de Pericles, lo que sucedió en el año 432 antes de Cristo, en que los atenienses expulsaron a los de Mégara y prohibieron el comercio entre ambas ciudades, hecho que rompió los tratados de paz vigentes y contribuyó a la guerra del Peloponeso, Euclides era capaz de hacer cualquier locura para escuchar los razonamientos de Sócrates. 

Se cuenta que al anochecer se vestía con una larga túnica de mujer y se cubría con un palio multicolor –paliaba, pues, así su condición viril y de megarense, haciendo uso de esta palabra que procede del nombre de la prenda griega de vestir por excelencia, el palio o manto de lana que se echaban sobre los hombros tanto hombres como mujeres, siendo el de ellas más vistoso y colorido-, y con la cabeza velada por un chal, iba desde su casa en Mégara hasta Atenas, para escuchar las palabras aladas y desengañadas del maestro y participar en sus conversaciones durante la noche. Y antes de que cantara el gallo, recorría el camino de vuelta a casa de una distancia de poco más de veinte millas que se dice pronto y se tarda no poco en recorrer.

 Así pintó Domenico Maroli (ca. 1612-1676) a Euclides de Mégara vistiéndose de mujer para poder ir a Atenas a oír las enseñanzas de Sócrates.


¿Qué sucede ahora? Lo primero que no hay maestros porque había uno y este régimen democrático que padecemos lo condenó a muerte, y a la filosofía la redujo, en el mejor de los casos, a ser Historia y materia objeto de estudio en eso que llaman Bachillerato, y, si nos descuidamos, ni eso siquiera ya con la futura reforma que nos amenaza. 

Lo segundo,  que si los hubiera, que no los hay, tendrían que ir ellos a buscar a sus discípulos, y esperar a que se despertaran de la borrachera, bien mediado el día, después de haber dormido todo el vino nocturno como consecuencia del botellón finisemanal. ¿Por qué beben los jóvenes? Beben para olvidar que la verdad es que no hay verdad, y que, por lo tanto, tampoco está en los posos del vino.


Si algo nos ha enseñado Sócrates es que la sabiduría es lo que no se sabe, el amor a la verdad que nos lleva a cuestionarnos lo mucho paradójicamente que creemos saber, las muchas apariencias que configuran la realidad. Ya que la verdad nos es inaccesible por los velos o mentiras con que se recubre, nuestro amor está condenado a ser un amor irrealizable e imposible, un amor platónico, nunca mejor dicho,sólo "filo-" porque nunca poseeremos el objeto hacia el que se orienta nuestro deseo, la "-sofía". Nos limitaremos siempre a ir desvelándola, para lo que tendremos que travestirnos nosotros como el buen Euclides de Mégara, y recorrer más de veinte millas al anochecer y entrar así en la ciudad prohibida poniendo en peligro la integridad de nuestra vida, que es lo que siempre está en juego. 

Pero de Euclides de Mégara ya nadie se acuerda, y de Sócrates, el Sócrates de verdad, que no escribió ni una sola palabra y no porque fuera analfabeto, que no lo era, sino todo lo contrario, del Sócrates verdadero,  no del de Platón, que ese no es más que un personaje de ficción, de ese tampoco se acuerda casi nadie ya.





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