domingo, 16 de junio de 2013

Con los pies





Vamos a meternos ahora con la palabra “pie”, que procede de la latina “pedem”, cuya raíz,  una vez desprovisto el vocablo de su desinencia, resulta ped-. Espero no cometer ningún traspié, en cuyo caso mereceré un puntapié en salva sea la parte. Tendré cuidado de no meter la pata, ni la pezuña, palabra esta muy castiza, como demuestra su españolísima eñe, y que se acredita como procedente de pedis ungula, o lo que es lo mismo “uña del pie”.

No voy a buscarle los tres pies al gato, que no los tiene, por supuesto, ni los cien al ciempiés, ni los pieses  tampoco, que no hace falta marcar más de lo conveniente el plural, pero sí  trataré de andar con pies de plomo y no de barro, y con cuidado de no tropezar.

Así que vamos a hacer como si fuéramos  pioneros,   antiguo peoneros o soldados de a pie,  y  vamos a explorar el intrincado bosque de la etimología que nos deparará algún hallazgo sorprendente. Iniciamos nuestra expedición sin el impedimento de la mucha impedimenta, valga la redundancia,  o mucha carga de bagajes que nos impida (o empezca o empedezca, con voces más castizas y que también derivan del propio pie) caminar. Y es que debemos ir expeditos, o sea sin ataduras que nos estorben o impidan la marcha de nuestros pasos, sueltos.

Así pues, empezamos esta carrera pedestre campo a través con los pies, que es como empiezan las carreras, apoyándonos en nuestras dos extremidades inferiores, que por algo somos bípedos. Si fuéramos cuadrúpedos podríamos correr más apoyándonos sobre cuatro extremidades, como hace, por ejemplo, el guepardo, que dicen que es el cuadrúpedo más veloz., pero tenemos que conformarnos con los dos pies que tenemos.

Si queremos ganar velocidad, podemos utilizar algún vehículo como la bicicleta,   en el que podemos pedalear utilizando el pedal.    Deberíamos subir a su inventor el alemán Karl Drais a un pedestal o podium, o lo que es lo mismo con palabra más patrimonial nuestra, a un poyo, que es un banco de piedra, o punto de apoyo para los pies, o, ya puestos,  a una peana, como si de un santo se tratara, por haber inventado un vehículo tan sano y respetuoso con el medio ambiente como es el velocípedo, que tal fue el primitivo nombre hoy en desuso de la bici.

En la antigua Roma se llamaban pédites a los soldados de infantería o soldados de a pie, frente a los équites, caballeros o soldados de caballería, mucho más nobles, de más rancio abolengo y de mucho más ringorrango, o sea, con cierto pedigrí.

Curiosa palabra esta que los ingleses escriben pedigree pero que procede del francés pied de grue, o sea, pie de grulla (del latín grus). Al parecer, los criadores ingleses de caballos escribían en los registros genealógicos una marca formada por tres pequeños trazos rectilíneos, muy similar a la huella de una grulla, por lo que la expresión pied de grue, filtrada por el inglés pedigree, se utilizó para designar el árbol genealógico de un animal de pura sangre, lo que ahora decimos pedigrí en la lengua de Cervantes.  
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De ahí que, volviendo a los pédites, viene la palabra “supeditar”, que en principio significaba “proporcionar”, según el maestro Corominas, y más en concreto “enviar tropas de infantería, o sea, de a pie, como refuerzo”, pero que se reinterpretó como sinónimo de poner las cosas,  “sub”, o sea bajo nuestros pies, que es como la utilizamos ahora cuando decimos que hay que subordinar o condicionar una cosa a otra, aunque sin olvidar el significado  de dominar, sojuzgar o avasallar con violencia.

No nos olvidemos de los pedicuros que son aquellos que tienen por oficio cuidar de los pies, extirpando o curando los callos, por ejemplo. Ni nos olvidemos tampoco de aquellos cristos del poco poder o autoridades de poca monta que eran los alcaldes  pedáneos, así llamados porque su autoridad se restringía a aldeas, pedanías o núcleos pequeños de población cuya extensión podía recorrerse a pie en un día. 

Aunque hay algunos que no se apean nunca de su automóvil y que por lo tanto sólo utilizan los pies para pisar el embrague, el acelerador o el freno, y que como consecuencia de eso tienen que pagar el peaje o derecho de paso o tránsito por las veloces autopistas, todos somos, los conductores de autos también cuando se apean del vehículo que los conduce,   peatonespeones camineros que pagamos las peonadas o peones de los otros, o sea pédites,  en el enorme tablero de ajedrez  de días blancos y días negros que es el mundo.

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