jueves, 11 de julio de 2013

De cabeza



Vamos a meternos ahora de cabeza con la palabra latina CAPUT, que era el nombre que los romanos daban a esa parte del cuerpo. Un sinónimo era TESTA, que han conservado el italiano tal cual,  el francés bajo la forma tête y nosotros en palabras como testarudo, testuz, que es la parte frontal o nuca de algunos animales, y  testa mismamente, con su forma antigua tiesta, que todavía se usa en Asturias, y su masculino tiesto, que en castellano viejo era sinónimo de cráneo, y hoy es un pote de barro, que era lo que propia- y originalmente significaba TESTA en latín y se aplicó a la cabeza como divertida metáfora popular. 


Sigamos el rastro de la palabra CAPUT. En la lengua de Dante evoluciona enseguida a capo, tras la caída de la consonante final y el paso de la  u a o,    como en las expresiones capo della mafia, capo dello Stato, o capofamiglia donde significa cabecilla visible o cabecera principal; es decir: jefe de la mafia, del Estado o de familia, respectivamente.

Pero es que en la lengua de Cervantes, que es la nuestra, las consonantes oclusivas sordas como la P, además, se sonorizaron entre vocales y la P intervocálica se convirtió, por lo tanto, en B, por lo que el capo  italiano pasó a ser nuestro cabo. Lo tenemos como nombre de un accidente geográfico prominente como la cabeza, por ejemplo el Cabo de Buena Esperanza, o el cabezo, que es sinónimo de cerro, y en cabotaje, que es la navegación costanera que no se aleja mucho de la costa ni adentra en altamar, que va de punta a cabo;   y en el más genérico de parte extrema de una cosa, de donde procede el adjetivo cabal, con el sentido de completo o perfecto, el verbo descabalar, con el significado de estropear,  y la expresión de llevar algo a cabo, es decir, a término, a su fin, de donde nos sale como por arte de magia la palabra quizá más importante de las que proceden de CAPUT que sería nuestro verbo acabar, y en relación con él recabar, conseguir totalmente, hasta el cabo, y menoscabar, que significaría llevar algo a cabo pero menos, es decir, no acabarlo, dejarlo sin terminar, imperfecto, donde se ve que el prefijo “menos-” equivale a la negación: eso y no otra cosa es el menoscabo, el quitar o deteriorar algo.

Y como vamos de cabo a rabo, vamos a detenernos en los cabos de las fuerzas armadas, que alguna relación deben de tener con los geográficos que hemos visto y con los capos italianos. Hay cabos también, en efecto, en la Guardia Civil y en el Ejército, donde se designa así a  aquel militar de la clase de tropa cuyo ringorrango está por encima del miles gregarius o soldado raso pero por debajo del sargento.

Si seguimos atando cabos en el Ejército, nos encontramos con que se conserva la P originaria de la palabra latina CAPUT, por el influjo culto de la lengua escrita, siempre conservadora, en el nombre de capitán, cuya graduación es más alta que la del cabo, dado que es el mando que encabeza a una tropa, y de ahí quien la capitanea. Guardan relación con él el adjetivo capitana aplicado a una nave o galera,    y la capitanía, por no hablar del máximo capitoste que es el capitán general. 

Las jóvenes generaciones tal vez no sabrán que la palabra caudillo que se aplicó al general Francisco Franco durante el nacionalcatolicismo –en las monedas de las antiguas pesetas aparecía la leyenda “Francisco Franco caudillo de España por la g(racia) de Dios”, ahí es nada-  procede del castellano viejo cabdiello, término que a su vez deriva de  CAPITELLUM, que es el diminutivo de CAPUT, o sea, cabecilla. De caudillo salen el verbo acaudillar y los sustantivos caudillaje y caudillismo.  


Y ya que hablamos de numismática, no está de más recordar a nuestros vástagos que nuestro juego de “cara o cruz” cuando lanzamos una moneda al aire, se llamaba en Roma CAPITA ET NAVIA, porque las monedas solían tener por un lado una cara, generalmente de un mandatario,  y por otro una nave. Sin embargo, ya con Teodosio II, cien años después de la conversión del emperador Constantino al cristianismo, se acuñó una moneda con una cruz cristiana en su reverso, quedando en el anverso, como era habitual, la testa coronada del emperador.  

Nos produciría algún quebradero de cabeza y nos llevaría muy lejos analizar aquí cómo la cruz, que para los primeros cristianos era una imagen aborrecida de muerte, ya que Jesús fue condenado a morir en ella, se convirtió en el emblema de la nueva fe y en el símbolo cristiano por antonomasia, lo que, en principio,  sólo podría explicarse por perversión conceptual.

En las monedas de una peseta acuñadas en 1975 a la muerte del sedicente caudillo, aparece el busto del Rey Juan Carlos I sin la expresión “por la gracia de Dios”. Se lee en ellas: Juan Carlos I Rey de España. En el reverso de la moneda, el escudo de España, que,  cuando se jugaba a cara o cruz con aquellas pesetas, se consideraba la cruz, aunque ésta no apareciera por ningún lado. A veces tiene que romperse uno  mucho la cabeza con las monedas actuales de un euro para discernir cuál es la cara y cuál la cruz, porque no siempre figuran ya en ellas los bustos de los jefes del Estado, que son sustituidos por otras alegorías y simbolismos nacionales.


Del CAPITELLUM, por cierto, del que derivó el caudillo nos viene también, a través de un préstamo del francés, cadete, que era el nombre que se daba al joven noble, que se educaba en los colegios militares, y que por lo tanto era alumno de ellos, como los cadetes de West Point americanos,  o servía en algún regimiento, y ascendía enseguida a oficial sin haber pasado por los empleos inferiores de las fuerzas armadas.  Fuera ya del Ejército, en la vida civil, tenemos al capataz, que es el nombre de la persona que gobierna y vigila a cierto número de trabajadores, sobre todo, pero no exclusivamente, en el ámbito de la labranza y administración de las fincas rústicas. 

Y ya que vamos de cabo a rabo,  habrá que recordar el préstamo catalán que tenemos en castellano que es capicúa, procedente de cap, que es como se dice cabo y cabeza en catalán, donde no sólo ha caído la consonante final, sino también la u, conservándose la p,  y cua, que es el nombre de la cola, o sea, del rabo. Capicúa no sólo es el número que puede ser leído en sentido inverso, de derecha a izquierda, con el mismo valor que si se lee de izquierda a derecha, sino también un palíndromo como: dábale arroz a la zorra el abad. En vista de todo esto, no nos extrañará, a estas alturas, que en rumano, que es otra lengua romance como la nuestra, cabeza se diga cap, como en catalán.

Pero antes de seguir adelante, hay que aclarar que nuestra “cabeza” no procede directamente de CAPUT, sino de su derivado vulgar CAPITIA, de donde también sale la cabeça portuguesa. Y,  ya que tenemos la cabeza, es fácil explicar el origen de la cabecera de la cama o de un periódico, el cabezal,  la acción de cabecear, o la cabezada de la siesta, por no hablar de la cabezonería  o testarudez, o de los gigantes y cabezudos, o del adjetivo cabizbajo, que deriva de cabecibajo, que supone todo lo contrario de tener la cabeza bien alta.

De ahí que conservemos la raíz CAPIT-, por el lado culto, en el latinajo “per cápita”, por ejemplo, esto es, “por cabezas” aplicado a la renta, y en los cultismos decapitar, que significaría descabezar, capitel, que es propiamente la cabecera  de la columna, o capítulo, que originalmente significaba “letra capital”, o sea la letra mayúscula o dibujo con que se encabezaba el capítulo. De capítulo surgirá capitular, con el significado de rendirse, ya que había que redactar los capítulos de las condiciones que regirían la rendición o capitulación, pero recapitular  sería recordar o volver a repasar lo que se ha registrado por escrito en un libro, por ejemplo. De CAPITULUM también desciende cabildo, que es una reunión de monjes o canónigos, es decir, de cabezas de la iglesia.

La raíz CAPIT la encontramos modificada ya en latín  en CIPIT en una palabra como PRAECIPITARE, que significa propiamente lanzar de cabeza, con la cabeza por delante, como sugiere el prefijo prae-, despeñar, y de ahí nuestro precipitar, y el nombre que le damos al despeñadero, que es el precipicio, y al apresuramiento o la prisa, la precipitación, muy mala consejera en todos los negocios.

Como curiosidad, diremos que el nombre de los músculos bíceps y tríceps –son dos latinismos- alude a que su forma  tiene dos (bi-) o tres (tri-) cabezas o prominencias respectivamente.

Quizá la etimología más extraña, por lo caprichosa que resulta, y también discutida,  es la de la palabra capricho precisamente, que es un préstamo del italiano capriccio, que quizá remonta a capo-riccio es decir cabeza erizada, ya que en principio capricho era horripilación, escalofrío, y de ahí idea nueva y extraña en una obra de arte y, por consiguiente, antojo.

La relación de la cabeza como parte más importante del cuerpo con el aparato del poder es evidente, como también nos muestra la evolución de CAPUT en la lengua de Molière, que es chef, de donde vuelve a nosotros como jefe, de ahí la jefatura del Estado, por ejemplo, o la figura del jefe de estudios, en los institutos, y toda la jerarquía de jefes, jefazos, jefecillos y demás, con sus correspondientes femeninos: jefas, jefazas y jefecillas. Da igual ya el timbre masculino o femenino de la voz de mando.

Pero no menos curiosa es la relación que se establece entre esta parte del cuerpo y el poderoso caballero que es don Dinero, porque del adjetivo latino CAPITALIS CAPITALE, que en principio significaba en la lengua de Virgilio “importante, principal, relacionado con la cabeza”, como en la expresión POENA CAPITALIS para referirnos a la pena capital o de muerte, nos vienen a nosotros dos sustantivos: uno femenino “la capital” , por ejemplo, la ciudad principal o cabeza de un país, donde residen los centros de gobierno; y otro masculino “el capital”, que es el nombre del Becerro de Oro, el dios todopoderoso que es Don Dinero, único dios verdadero dentro del monoteísmo imperante. Y de este último uso deriva el nombre de nuestra sociedad capitalista y del capitalismo, el sistema económico en el que, mal que nos pese, vivimos inmersos.

Curiosa es también la palabra capitalizar que tanto usan ahora los políticos como sinónimo de rentabilizar. Nuestros políticos en realidad son más economistas que otra cosa,  y les gustan mucho los polisílabos, hasta el punto de que no nos piden a los votantes y contribuyentes fe en ellos,  que es monosílabo y parece poca cosa, sino credibilidad, que es palabra con mucho más empaque: cinco sílabas. Así que cuando dicen que hay que capitalizar algo, están diciendo que hay que convertirlo en dinero como hacía el rey Midas con sólo tocar una cosa. 

La etimología viene a demostrarnos, en resumidas cuentas,  que los auténticos valores de nuestra sociedad, ay, no son otros más que los económicos o bursátiles, y que, al parecer,  vale más, desgraciadamente,  la bolsa que la vida que tiene uno. Por eso mismo no sólo tienen caudal los ríos caudalosos, valga la redundancia, que llevan mucha agua, sino los multimillonarios acaudalados, que poseen muchos  capitales, habida cuenta de su enriquecimiento a costa del acaparamiento de recursos y del empobrecimiento de los demás.

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