miércoles, 24 de julio de 2013

Diente por diente


Analizamos la biografía de la palabra latina DENS, cuya raíz DENT- como podemos ver en la forma del Acusativo DENT-EM,  evoluciona en romance a DENTE tras la caída de la M final, que aunque se escribía ya no debía de pronunciarse en latín vulgar, como nuestra hache a principio de palabra,  y así quedará en italiano y en portugués, mientras que en francés perderá la –e final, nasalizándose la vocal precedente,  pero en castellano la E breve latina portadora del acento de palabra diptongará en IE, y el resultado, por lo tanto, será DIENTE.


Conservamos la raíz en los adjetivos dental o dentario, que se refieren a lo que está relacionado con el diente; en  dentón o dentudo, que son denominaciones coloquiales de quien tiene los dientes muy grandes o desproporcionados;   en dentífrico, que es un compuesto de FRICO, el verbo frotar como vemos en su derivado fricción , y que también significa limpiar, restregar, pulimentar, y evoluciona a fregar, de hecho,  partiendo de su infinitivo de la siguiente forma: FRICARE > FRICAR > FRIGAR > FREGAR. Por lo tanto, el dentífrico sería la pasta que se  utiliza para limpiar la dentadura.  La forma *dentrífico es un  barbarismo que pone de relieve que se ha perdido la conciencia etimológica de esta palabra, pero que se explica fonéticamente como metátesis simple: un sonido cambia de lugar dentro de la estructura de la misma palabra, lo que afecta especialmente a los fonemas sonantes líquidos L y R. A lo largo de la degeneración del latín en castellano vemos muchas veces este fenómeno: INTER resulta ENTRE y  SEMPER, SIEMPRE. Esta metátesis también se observa en otras palabras como por ejemplo en CROQUETA, que es un préstamo francés de CROQUETTE , y que se oye muchas veces decir *COCRETA, con cambio de posición del fonema,  *COCLETA, con intercambio de R por L,  y hasta *CROCRETA,  *CROCLETA y *CLOCLETA.  

Otro derivado es dentado que procede del latín DENTATUM, como en el sobrenombre del cónsul Manius Curius Dentatus, Manio Curio Dentado, así llamado porque al parecer había nacido provisto de dentadura, según atestigua Plinio el Viejo. Este cónsul de origen plebeyo de los primeros tiempos de la República romana venció definitivamente y expulsó al rey Pirro,  cuyo nombre propio pasará a la posteridad como adjetivo que califica a una victoria muy ajustada, en la expresión “victoria pírrica”, que se obtiene según el diccionario de la RAE “con más daño del vencedor que del vencido”.   Pirro perdió tantos soldados a pesar de obtener una victoria sobre los romanos que dicen que dijo:  “Otra victoria como esta y volveré solo al Epiro (Grecia)”.

Se oye a veces el refrán “A caballo regalado no le mires el dentado” o  “…no le mires el diente”,  pues los expertos conocen la calidad de un caballo examinando su dentadura. El refrán  da a entender que si se nos regala algo no debemos ser exigentes o excesivamente críticos con la calidad del regalo.

Una dentellada sería una herida producida por un mordisco. Mención aparte merece la palabra dentera que procede de DENTARIAM,  y que alude a una sensación desagradable que se experimenta en los dientes en relación con el gusto, oído y tacto de sustancias irritantes. La dentición sería el proceso de echar la dentadura o endentecer, como se dice de los niños cuando empiezan a echar los dientes. 


Bidente es palabra que no debe confundirse con vidente, participio de presente del verboVIDEO ver,  y que quiere decir que consta de dos dientes y que ha caído prácticamente en desuso. Se denominaban así a una azada de dos picos y a carneros y ovejas por tener doble hilera de dientes

El dentista es el médico especialista en la dentadura, pero esta palabra, demasiado transparente,  ha sido enseguida sustituida por el helenismo odontólogo, compuesto del término griego ODONTO- , que es hermano y sinónimo del latino DENT-, ya que se trata, de hecho, de la misma raíz indoeuropea con distinto vocalismo y prótesis vocálica.

Muy curiosa, por cierto, es la historia de los modernos odontólogos: de sacamuelas iniciales (oficio que solía desempeñar el barbero en el Barroco), pasaron a llamarse dentistas, cuando se dignifica y profesionaliza el oficio, por así decirlo, pero luego con la tremenda helenización de la medicina, se sustituye enseguida por odontólogo, en paralelo a la sustitución de oculista por oftalmólogo.  Parece que el intento de cambiar odontólogo, todavía muy transparente, por estomatólogo no ha tenido mucho éxito todavía, porque induce a error. En efecto la raíz griega estómato- significa “boca”, por lo que la estomatología sería la especialidad médica centrada en la boca del hombre, pero resulta inevitable la confusión con “estómago” por su parecido fonético, aunque estómago se diga en griego gást(e)ro-, como vemos en gastroenteritis, gasterópodo  o gastronomía, siendo la estomatología según la Academia la parte de la medicina que trata de las enfermedades de la boca del hombre, cosa que algunos sólo aceptan a regañadientes.

En relación con la raíz ODONTO-  conservamos helenismos como ortodoncia (orto significa correcto como vemos en ortografía, la escritura correcta),  endodoncia (endo quiere decir dentro, interior, como en endogamia, el matrimonio dentro del clan familiar), y  odontalgia (-algia significa dolor, como en neuralgia o nostalgia, que es el dolor producido por el deseo del regreso).


En el anuncio de una clínica dental griega, puede leerse la palabra inglesa “dentist”, que sigue la raíz latina dent- que estamos estudiando, y encima su nombre en griego: odontiatrei/o, palabra compuesta que puede dividirse en odont( o), la forma griega de la palabra diente,  y iatrei/o, que quiere decir medicina y que observamos todavía en palabras nuestras como pediatría, psiquiatría o geriatría.

Vamos a detenernos en el compuesto tridente, que significa “tres dientes”, y que designa a una lanza de tres puntas que caracteriza al dios del mar Posidón o Neptuno, dado que se utilizaba como arpón para la pesca. Nada más normal que la divinidad de las aguas y de los mares porte como atributo un tridente, que también es un cetro o símbolo de poder. Los poetas latinos se referían a él con epítetos como: tridentífero, tridentígero, que significan ambos "portador del tridente", o tridentipotente, poderoso gracias al tridente.

Cuando los tres dioses y hermanos se repartieron el poderío del mundo, Zeus se quedó con el cielo, Hades con la tierra y el mundo soterraño, y Posidón con el dominio del mar.   Este último, de hecho, en la disputa por la posesión del Ática  con la hija virgen de Zeus que había nacido de la cabeza del dios, la diosa Atenea,  clava su tridente en la acrópolis y hace surgir una fuente de agua salada del mar como símbolo de su poder y toma de posesión de aquel reino, mientras que la diosa, más sabia, planta un pacífico y fructífero olivo, el primero de la región,  y se lo regala a la ciudad. El resto de los dioses, según unos, o la propia ciudad, según otros, agradecida, juzgan cuál de los dos portentos les merece más aprobación,  y el veredicto de ese juicio designa vencedora a la diosa virgen, concediéndole el patronazgo de aquella comarca. Poco tiempo después se levantará en aquella misma atalaya un templo en mármol blanco resplandeciente dedicado a la diosa Virgen (que en griego se dice párthenos): el Partenón. La diosa, por su parte, cuyo nombre propio en singular era  Atena (o Atenea) le prestará su nombre, en plural, a la ciudad, Atenas, ciudad que, por otra parte, aunque se haya inclinado en este juicio por la agricultura, no rehusará sin embargo abrise al mar y al mundo desde su puerto del Pireo, convertido ya hoy en día en un barrio más de la gran ciudad.

Con el paso del tiempo encontraremos también este tridente en la representación de los demonios y diablos cristianos como atributo satánico. ¿Cómo llegó hasta ahí? Tal vez porque era el símbolo de un dios pagano, es decir, no cristiano, y nada más lógico que caracterizar al anticristo con un atributo de la vieja religión politeísta.  Es por lo tanto un símbolo de poder y de violencia, una suerte de cetro.

Era el tridente o fúscina también el arma del reciario romano (derivado de RETIARIUS y este de RETE, red, quien utilizaba la red para envolver y paralizar a su adversario en la arena), que luchaba contra el mirmidón, armado con la espada, GLADIUS, que da nombre al gladiador. El reciario portaba pues un equipamiento similar al de un pescador: el tridente, a modo de arpón, la red y una daga corta, sus únicas armas tanto para la defensa como para el ataque. El tridente se componía de dos piezas: una vara de madera que constituía el mango,  y el tridente propiamente dicho, tres puntas dentadas de metal. Las representaciones de tridentes en los mosaicos de gladiadores muestran sin embargo tres  puntas simples, sin diente a modo de arpón, de modo que el tridente podía clavarse en las carnes del rival pero no produciría el desgarro típico de un arponazo al retirarlo.



El tridente  es, pues, un instrumento de pesca arrojadizo, cuyo extremo metálico tiene varias espigas punzantes, casi siempre de hierro, rara vez de bronce, generalmente tres, de ahí su nombre tri-dente, engastada en un largo astil de madera que solía ser de olivo, debido a su resistencia y fortaleza. Era útil en la pesca nocturna y especialmente en las pesquerías de atunes, como cuenta Opiano que hacían los tracios en las aguas del Mar Negro. Las embarcaciones faenaban  durante la noche portando lámparas o antorchas encendidas, cuya luz atraía a los peces que se arremolinaban en torno al bote pesquero, que completaba su labor  con redes de cerco útiles para la captura del banco entero de peces, siendo blanco de fácil acierto para la destreza de los arponeros.

Podríamos citar todavía muchas más palabras que han caído en desuso porque las realidades que nombran han quedado obsoletas, y es que en la lengua, que se comporta como un organismo vivo, están entrando y saliendo constantemente palabras, de forma que es imposible hacer un diccionario que las recoja a todas de una vez para siempre. Tal es el caso del dentejón, por ejemplo, que era el yugo propio para uncir los bueyes a la carreta, o el dental, el  palo en que se encajaba la reja del arado, o el trente o la trente, que de ambas maneras se decía (deriva de tridentem) en el ámbito rural de Cantabria, donde designa a un bieldo tredentudo  o palaganchos con tres dientes  de hierro o más, entre muchas otras que ya no dicen nada a las nuevas generaciones, que desconocen las realidades que reflejan esas palabras.  

Un epigrama de Marcial (el setenta y seis del libro I)  nos presenta a una tal Elia, un pseudónimo como siempre hace por delicadeza este autor, una anciana que sólo tenía cuatro dientes (no se conocía todavía la dentadura postiza), y que tras un ataque de tos quedó desdentada.

  Si memini, fuerant tibi quattuor, Aelia, dentes:
      Expulit una duos tussis et una duos.
  Iam secura potes totis tussire diebus:
      Nil istic quod agat tertia tussis habet.

No me resisto a ofrecer la traducción de Argensola de este gracioso epigrama: Cuatro dientes te quedaron, / si bien me acuerdo; mas dos, / Elia, de una tos volaron, / los otros dos de otra tos. / Seguramente toser / puedes ya todos los días, / pues no tiene en tus encías / la tercera tos que hacer.

Como prueba de que seguimos hablando latín sin percatarnos de que esta lengua que hablamos es latín,  un latín degenerado o mal hablado pero completamente reconocible y transparente,  tenemos aquí la denominación de los dientes que componen la dentadura humana:



Incisivo lateral: De INCISIVUS, y este de INCISUS, que es el participio del verbo INCIDO, que significa “cortar”, o hacer una incisión; y de LATUS LATERIS “lado, costado”.
Incisivo central: de CENTRUM –I: que es el centro.
Canino: De CANINUS –A –UM  y este relacionado con CANIS –IS, de donde viene nuestro can, por lo que significa relativo al perro, mordaz, agresivo.
Premolar: Los dientes premolares y molares son los posteriores, en ese orden a los caninos. El prefijo PRE- procede de PRAE- y significa anterior, ya que son anteriores a las muelas.
Molar:  Del adjetivo MOLARIS –E, y este del sustantivo MOLA –AE, la muela de molino, y, por comparación con su forma, el diente molar, e incluso en castellano viejo un cerro escarpado de cima plana. No se pierda de vista el cambio vocálico que le afecta a la o breve y tónica latina, que diptonga en ue en su evolución a la lengua de Castilla, por lo que, MOLAM pasa a muela. Todo ello nos lleva al verbo MOLO, y de ahí a nuestro amolar, moler, moledura, molienda, moliente, molino y remolino. Mención especial en este punto merecen el verbo INMOLAR,  que usamos como sinónimo de sacrificar, dado que los romanos antes de hacer un sacrificio esparcían la “mola” o harina sagrada de trigo tostada y mezclada con sal espolvoreándola sobre el testuz de las víctimas, y la palabra EMOLUMENTO, que usamos con el sentido de remuneración adicional por el desempeño de un cargo o empleo,  y que era propiamente la ganancia del molinero.
Primero: Palabra patrimonial derivada de PRIMARIUS, de donde procede también el cultismo primario.
Segundo: De SECUNDUS –A –UM “siguiente”.
Tercero: Palabra patrimonial derivada de TERTIARIUS, de donde procede también el cultismo terciario.
Muela del juicio: De MOLA –AE y IUDICIUM –I “juicio”. Se denominaban así a las muelas que en la edad adulta nacían en las extremidades de las mandíbulas humanas, y se consideraba que conferían el “juicio” o sensatez a las personas.

A propósito de la dentadura y de la higiene bucal, citaremos, por último, el poema burlesco  XXXIX de Catulo, en versos coliambos o yambos cojitrancos (que cojean a contratiempo en el último pie),  donde ridiculiza a un tal Egnacio que sonríe en cualquier ocasión, incluso en las menos propensas a la risa, y lo hace para mostrar la blancura de sus dientes. Al final se cita una curiosa costumbre de higiene bucal que, según el poeta, practicaban los celtíberos.



Egnacio, porque tiene blancos los dientes,
sonríe a todas horas. Ante el banquillo
de un reo, cuando mueve a llanto el letrado,
él ríe. Cuando rota, frente a la pira,
la madre llora a su hijo único muerto, 
él ríe. Sea lo que sea, doquiera
y haga lo que haga, ríe. Tiene tal vicio,
me consta , no elegante ni de buen gusto.
Por tanto, buen Egnacio, debo advertirte.
Aunque romano o tiburtino o sabino
fueras o austero umbro o grueso toscano
o lanuvino bien moreno y dentado
o traspadano, por citar a los míos,
u otro que limpie bien cualquiera su boca,
me gustaría tú que siempre no rieras:
Nada hay más bobo que una boba sonrisa.
Eres celtíbero: en celtíbera tierra
con lo que cada cual meó al levantarse,
enjuaga dentadura y, roja, la encía;
así que cuanto más deslumbren tus dientes,
pregonarán que más orina tragaste.



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