sábado, 24 de agosto de 2013

A dedo



Lo que más llama la atención, de entrada, a propósito de los dedos es su equiparación con los números, por aquello de que una de las formas más elementales y antiguas de contar era con los dedos de las manos. En latín dedo se decía DÍGITUM, que por la vía culta o escrita conservamos en dígito como sinónimo de número, por lo que el adjetivo digital se utiliza como equivalente de numérico, por ejemplo en las expresiones reloj digital o formato digital.

Otro derivado culto de DIGITUM es digitopuntura, palabra emparentada con la acupuntura china. Se trata de una práctica terapéutica de masaje y presión, o mejor dicho punción,  con los dedos, no así la acupuntura, de la que deriva, que se practica con agujas (ACUM, en latín, ACUCULAM su diminutivo).

Tenemos también en castellano la digitalina, que es el principio activo que se extrae de las hojas de la planta llamada digital o dedalera y que se emplea como cardiotónico.  La digitalina hace que un corazón excitado sobremanera recupere su ritmo habitual. La planta de la que se extrae esta sustancia química se llama digital o dedalera por la forma de la corola, que parece un dedal como los de las costureras.  


Si evolucionamos DIGITUM obtendremos finalmente el resultado dedo, que es nuestra palabra patrimonial, y si partimos del adjetivo DIGITALEM “concerniente o relativo al dedo”  nos saldrá  el dedal de la costura.

En el resto de las lenguas romances tenemos los siguientes resultados de DIGITUM: deget en rumano, doigt en francés, dito en italiano, dit en catalán, det en provenzal y dedo en castellano, gallego y portugués.

Es interesante que nos detengamos por un momento en el fenómeno lingüístico de los dobletes, porque no se trata sólo de que la mayoría de las palabras castellanas procedan de su forma latina correspondiente, sino que de una misma palabra latina surgen muchas veces dos castellanas: una, el cultismo, que apenas ha sufrido cambios, la más parecida a la latina, lo que se explica por el influjo culto y conservador de la lengua escrita (por ejemplo, en el caso que nos ocupa, partiendo de DIGITUM tenemos el cultismo dígito),  y, además, la palabra patrimonial, que sentimos como más nuestra y diferenciada de su raíz latina, y por lo tanto menos culta, más evolucionada debido al influjo de la lengua hablada, dedo.

Y así llegamos a la expresión "a dedo", que es como nuestros mandamases,  elegidos democráticamente por su inclusión aleatoria en el catálogo de una lista cerrada,  eligen por su parte y según su personal capricho a sus secretarios y subsecretarios y reparten las migajas de sus prebendas entre sus vasallos, aquellos estómagos agradecidos que están, mande quien mande, siempre a favor del poder establecido.

Hace ya algunos años se usaba la expresión hacer dedo con el significado de hacer autoestop: los autoestopistas solían estirar el brazo y levantar el pulgar en la dirección en que viajaban, para señalar así a los conductores de autos que solicitaban un transporte gratuito, a lo que algunos conductores se prestaban desinteresadamente por el placer solo de la compañía durante el viaje. 

Ahora bien, ¿cómo ha llegado DIGITUM a dedo? Se produjo en primer lugar la consabida pérdida de la M final de la palabra. Esta -M sólo la conservamos en algunos latinismos como CURRÍCULUM, REFERÉNDUM o MÉDIUM. A continuación se dio el paso de la U a O. Son muy pocas las palabras de nuestra lengua también que han conservado esta U, y, como ya hemos dicho en otra ocasión, ha sido por la influencia siempre conservadora de la lengua escrita -lo escrito escrito está y escrito queda-, por ejemplo espíritu, ímpetu o tribu.   

Tenemos, pues, ya el cultismo dígito y su correspondiente adjetivo digital, que ha sido resucitado con gran éxito por la informática, pero la evolución de la lengua no se detiene ahí, sino que prosigue  imparable. A continuación se sonoriza la consonante T entre vocales, convirtiéndose en D. Obtendríamos la forma *dígido. Desaparece la consonante G intervocálica, por lo que llegamos a *díido. A continuación se produce un cambio de timbre vocálico, que afecta a la primera I, que es breve y tónica, y que, por lo tanto, se convierte en E, con lo que obtenemos *deido, eliminándose el hiato, bien porque la segunda vocal desaparece por ser átona, bien porque convetida a su vez en E, como la primera, se produce una contracción de las dos vocales en una sola sílaba, lo que se denomina en lingüística sinéresis, por lo que el resultado final es dedo.  



En latín había una palabra PRAESTIGIAE que significaba “ilusiones, fantasmagorías”, y un compuesto de ella con el sufijo de agente masculino –TOR que vemos en actor o lector, que era PRAESTIGIATOR y que quería decir “charlatán, impostor”, que en principio nada tenía que ver con los dedos de las manos que nos ocupan ahora. Pero sucedió que esta palabra se deformó en la lengua de Molière en prestidigitateur y se reinterpretó como un compuesto  del adjetivo praestus –a -um , que significa pronto, dispuesto, presto, y de DIGITUM, que quiere decir dedo, como sabemos, lo que se explica como una falsa etimología popular, por lo que pasó a significar persona que hace rápidos juegos de manos y otros trucos porque mueve sus dedos con presteza. Y de la lengua gala nos vino a nosotros como prestidigitador, palabra larga como un día sin pan, y que podemos considerar como un derivado culto de la raíz de dedo,  DIGITUM, que nos ocupa. Prestidigitador es aquel que hace trucos de magia y otros juegos con los dedos de las manos.

Lo curioso de la palabra latina PRAESTIGIAE y su correlato tardío PRAESTIGIUM es que, por su parte, evolucionaron a prestigio con el significado actual que tiene de influencia, ascendencia, autoridad, renombre, fama, y de ahí dieron lugar a prestigiar, desprestigiar,  prestigioso y demás, habiéndose perdido el significado antiguo que tuvo en latín y en castellano viejo de fascinación causada por la magia y engaño o ilusión con que los prestigiadores embaucaban al pueblo.   Sin embargo, pongamos el dedo en la llaga, como suele decirse para conocer el origen verdadero de una cosa,  y  consideremos, siguiendo la ocurrencia del desprestigio etimológico, que el prestigio tal y como lo entendemos no deja de ser de alguna manera una ilusión, un engaño, un juego de manos, una fascinación con que se impresiona al tonto  que se deja embaucar.

Los nombres de los dedos eran en latín POLLEX (dedo gordo, que nosotros llamamos pulgar, derivado de POLLICARIS, porque se utiliza para matar las pulgas,  descabezándolas con la uña, y que vuelto hacia arriba o hacia abajo indicaba aprobación o desprobación respectivamente, como se sigue utilizando en algunas de las llamadas redes sociales), INDEX (índice, porque es el dedo indicador que se utiliza para señalar, aunque está muy feo señalar a las personas con el dedo por la calle, como se les inculca a los pequeños), MEDIUS (por el puesto central que ocupa entre los cinco de la mano, también llamado por eso mismo dedo cordial o corazón, pero más conocido como digitus impudicus, porque levantado con los otros apretados en puño simboliza un pene en erección, símbolo apotropaico contra el mal de ojo y los malos espíritus, que ha pasado a considerarse una ofensa obscena entre nosotros, que se conoce como hacer la higa o la peineta), ANULARIUS (o anular, porque es donde suele colocarse el anillo, lo que nos viene como anillo al dedo), y AURICULARIS (porque era el que se utilizaba para rascarse la oreja y sacarse la cera del oído, que nosotros llamamos meñique por ser el menor, el menino o niño).

El nombre griego del dedo es dáktylos.  Numerosos helenismos derivan del nombre del dedo, como dactilografía, dactiloscopia, pentadáctilo, pterodáctilo, etcétera.    La expresión huella dactilar se utiliza con el mismo significado que huella digital.   

 

El nombre del verso homérico y épico, el hexámetro dactílico que introdujo en Roma el padre Ennio, aquel que decía que tenía tres almas porque hablaba tres lenguas, y que cultivó Virgilio con tanto esmero,  se llamó así porque estaba basado en seis dáctilos. El dáctilo es una unidad rítmica compuesta de tres sílabas o tiempos, que recuerda  a las tres falanges de un dedo: la primera, fuerte o marcada,  y las dos siguientes débiles o no marcadas. Traduzco, a guisa de ejemplos, los hexámetros de la invocación a la Musa con que empieza la Odisea de Homero: Cuéntame, Musa, del hábil varón que bogó a la deriva / mucho, después de arrasar el alcázar sagrado de Troya; / vio ciudades y el ser conoció de muchísimas gentes,  /  y hondas sufrió por el piélago en su alma penalidades / mientras bregó por su vida y retorno de sus compañeros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada