lunes, 5 de agosto de 2013

Con el corazón



Seguimos con las partes del cuerpo, y, dentro de este particular despiece que estamos haciendo cual Jack el Destripador, nos toca vérnoslas ahora con un órgano de vital importancia, el corazón. Para nosotros, los modernos, es la sede figurada de los sentimientos, y en ese sentido se  opone a veces a la razón, como se ve, por ejemplo, en la célebre frase de Pascal: “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.  

Hay que tener en cuenta, sin embargo, que para los antiguos el corazón no sólo era el órgano corporal importante que es, sino también la sede de la memoria, de la inteligencia y de la sensibilidad, como si dijéramos nuestro cerebro o nuestra mente además de nuestro corazoncito o corazonazo que guardamos todos en el pecho.

Corazón se decía en latín COR pero su raíz es CORD- como demuestra su plural CORDA, que se forma añadiendo una –A a la raíz. Algunos recordarán que cuando la misa católica se celebraba, como Dios manda, en latín, el sacerdote pronunciaba las divinas palabras SURSUM CORDA (arriba los corazones, es decir, levantemos el corazón), y los feligreses se ponían de pie y respondían HABEMUS AD DOMINUM, lo que ahora dicen en castellano: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Esta raíz CORD- está emparentada con el griego kardi/a, el alemán Herz y el inglés heart, por su origen común indoeuropeo.





En cuanto a la descendencia de la palabra latina COR, de ella deriva una numerosa familia, como es la de las lenguas romances: el francés coeur, el catalán cor y el italiano cuore, pero también el portugués coraçâo y el castellano corazón, que parecen basarse en la palabra latina COR más el sufijo aumentativo –AZÓN, compuesto de –AZO (cuerp-azo) y de –ÓN (hombr-ón), es decir, hipercaracterizado como aumentativo, como si se quisiera sugerir así, según Corominas, la grandeza del corazón  “del hombre valiente y de la mujer amante”, por lo que habría que postular, para la península ibérica, excluyendo Cataluña y Valencia,  una forma CORACEONEM, como origen de coraçón en castellano viejo y de la palabra portuguesa coraçâo.

La lengua rumana, por su parte, que también procede del latín, utiliza la palabra inima para referirse al corazón, una palabra esdrújula que no procede de COR, sino de ANIMA, que significa principio vital. Y es que los antiguos, como queda dicho, consideraban que en este órgano residía el alma de los hombres, y el hecho de que el rumano haya tomado esta palabra sugiere la relación intuitiva que existía entre el corazón y el alma, lo que no quita para que en rumano también haya alguna palabra derivada de COR como cordial.

De la palabra corazón derivan la corazonada, incluso el corazoncito,  el verbo descorazonar y su resultado  el descorazonamiento, y la forma de aumentativo corazonazo que hemos citado más arriba, que muestra que ya se ha perdido la conciencia de que corazón era un aumentativo doblemente caracterizado de cor, por lo que se vuelve a marcar con el sufijo castellano  –azo que ya llevaba incorporado.

En relación con el corazón como sede de la memoria hemos heredado el verbo recordar, que procede del latín recordari con el significado que tenía en nuestra lengua madre de traer algo a la memoria, a la mente, en el sentido de representarse algo pasado con la imaginación o el pensamiento. De ahí proceden, pues, nuestros recuerdos, recordaciones  y recordatorios.  A estas alturas ya no nos extraña la diptongación de una O breve latina, que suele producirse cuando es portadora del acento como en recuerdo, mientras que la vocal conserva el timbre que tenía si el acento se ha desplazado dentro de la palabra, por ejemplo en  recordamos.

La expresión “de coro” significa “de memoria, de carrerilla” en castellano viejo. La encontramos en el Quijote: “Si tratáredes de ladrones, yo os daré la historia de Caco, que la sé de coro…”. También está recogida en el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua como locución adverbial poco usada, que significa de memoria, y que se utiliza con expresiones como decir, saber, tomar de coro. Y puede compararse con la expresión francesa “par coeur” o a la inglesa “by heart”, que significan, ambas, lo mismo: de memoria, es decir, con el corazón.

 


El término récord es la castellanización del inglés “record”, que procede también de la misma palabra latina recordari, y que se ha especializado con el significado de marca o mejor resultado en el ejercicio de un deporte, en expresiones como tiempo récord o batir un récord. En inglés hay un verbo to record, que se pronuncia con acento en la o, y significa grabar, por ejemplo una pieza musical en un disco, o  tomar nota de algo, para que quede constancia, o sea, recuerdo, y el sustantivo record, que se pronuncia con acento en la e, y que alude al registro tomado de algo.   ¿Cómo llegó esta palabra de origen latino a la lengua de Shakespeare? Como muchísimas otras, casi el 60 por ciento de su vocabulario, a través del francés de los normandos. Es decir to record, procede del francés antiguo recorder, que a su vez deriva del latín recordari, un compuesto de la raíz cord, que es la del corazón.

A partir de este verbo, se creó en castellano su sinónimo acordarse  con el sentido de tener memoria de algo, pero también con el de llegar a una determinación o consenso, un acuerdo, creándose su antónimo desacuerdo. Y relacionado con él, el adjetivo  acorde paralelo a concorde y discorde, sin olvidar el sustantivo masculino que se utiliza en musicología para referirse a la combinación armónica de tres o más sonidos diferentes. De donde procede el nombre del moderno instrumento musical de viento formado por un fuelle: el acordeón.

En relación con la raiz culta CORD- tenemos el adjetivo cordial, para referirnos a lo que se hace con el afecto del corazón.  Ya en latín había varios prefijos que modificaban el significado de esta raíz y que nosotros hemos heredados: CON- y  DIS-, que dan origen a concordia y a su antónimo discordia, por ejemplo, o a los verbos concordar y discordar. En el primer caso significa que hay acuerdo, es decir, coincidencia, encuentro, conformidad, y en el segundo que no lo hay, sino que en su lugar surge la oposición, la desavenencia, la diferencia.

Ya en latín se había creado misericordia, a partir del verbo misereo que quería decir tener piedad o compasión, o del adjetivo miser, si se quiere ver así, con el sustantivo cor(d) que estamos estudiando, y quería decir compasión, de donde hemos heredado nosotros misericordioso para referirnos a la virtud que mueve al corazón a la piedad, incluso en el caso de la puñalada de misericordia o golpe de gracia,  ya que en la Edad Media los caballeros solían llevar un puñal llamado de misericordia con el que daban el golpe de gracia al enemigo, es decir, la muerte para evitarle el sufrimiento de la agonía.

No debemos olvidar el incordio y su curioso origen, pues no procede del sufijo latino IN- que tiene dos valores, la negación como en incorpóreo o el lugar en donde como en incorporar, sino de la forma  *antecordium, que significaba tumor del pecho que se hallaba ante el corazón del caballo. De *antecordium pasaría la palabra a *ancordium, abreviándose, y de ahí a encordio, que ya está atestiguada en castellano en el siglo XIII, y que es el origen de nuestro incordio:  un tumor que se desarrollaba en el pecho de los caballos. A partir de ahí se crea el verbo incordiar que pasa a ser un sinónimo de molestar e importunar.

No olvidemos la cordura o sensatez, según lo dicho de que el cor era la sede de la razón y no sólo de los sentimientos desmandados, y la cualidad de cuerdo, o el adjetivo cordal que se aplicaba a la muela del juicio, la muela cordal. Y no olvidemos tampoco el coraje o valor, que nos viene a través del francés courage y que está relacionado con el corazón porque se consideraba que también la valentía tenía su sede en él.

La palabra griega para referirse al corazón es kardi/a  (cardía),  relacionada etimológicamente con la raíz latina CORD- por su común origen indoeuropeo, la conservamos en el dominio de la medicina: cardíaco, endocardio, cardiología, electrocardiograma, miocardio, taquicardia,  pericardio y un largo etcétera.

Es interesante el testimonio de Aulo Gelio sobre el escritor Ennio, el pater Ennius como lo llama Cicerón aludiendo a que lo considera el padre de la literatura latina, introductor del hexámetro dactílico homérico y hesiódico en Roma, que nos ha transmitido la espléndida metáfora de que el lenguaje de un hombre es su alma. Dice Aulo Gelio literalmente en latín  Quintus Ennius tria corda habere sese dicebat, quod loqui Graece et Osce et latine sciret, y que significa que Quinto Ennio decía que tenía tres almas, porque sabía hablar en griego, en osco y en latín


La palabra que hemos traducido por “almas” es CORDA, el plural de COR. Ennio, pues, decía que tenía tres corazones, es decir, tres almas, porque, como ha quedado dicho, el corazón era para los antiguos la sede del alma, con todas sus facultades intelectivas y sentimentales. Es curioso cómo un romano de la antigüedad era consciente del valor de la lengua como cosmovisión o Weltanschauung que dicen los alemanes, o sea, como mirada a la realidad del mundo. Y es que las distintas lenguas ofrecen distintas visiones de la realidad, hasta el punto de que puede afirmarse que la realidad es la visión particular que nos ofrece cada lengua. Y cuantas más lenguas conozcamos, por lo tanto,  más conscientes seremos de que ninguna de ellas es la verdadera y de que todas las visiones de la realidad que conllevan son tan válidas como relativas.  Resulta también sorprendente cómo para Ennio las tres lenguas que cita tienen la misma categoría, cada una representa un COR, equiparándolas y valorándolas por igual. No considera que una valga per se más que las otras, ni siquiera el latín, que era la lengua dominante en el sur de Italia, que se había impuesto administrativamente sobre el osco y el griego, un griego que todavía se sigue hablando en algunas zonas de lo que fue la Magna Grecia y que se llama greco, un dialecto del griego antiguo todavía vivo en algunos de aquellos lares.


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