martes, 15 de octubre de 2013

Mens sana in corpore sano


Vamos ahora a parar mientes en la palabra mente, que procede de la latina MENTEM tras la caída de la –M final. Siguió su evolución  y resultó en su momento MIENTE, porque el diptongo IE es la solución de la  E breve y tónica en castellano, pero esta forma, que estuvo vigente hasta nuestro Siglo de Oro, cayó pronto en desuso, y hoy apenas se usa como arcaísmo en expresiones como pasársenos algo por las mientes o parar mientes, que significa prestar atención.  Nos encontramos, pues, con que la forma que ha perdurado no es el término patrimonial, que sería miente, como tenemos in mente, sino el cultismo mente.


De ahí derivan el adjetivo mental y los sustantivos mentalidad, mentalismo, y mentalista pero también el verbo mentar y el sustantivo mención y su verbo mencionar.

Vamos a considerar dos compuestos que significan “privado de inteligencia y de cordura”. Ambos tienen un prefijo privativo: en un caso DE- y en el otro VE-. Se trata de demente, y su familia demencia y demencial,  que usamos muchas veces con el significado de locura, por ejemplo en la expresión demencia senil, y  vehemente, que propiamente significa impulsivo, impetuoso, y su familia vehemencia.

Mención aparte merece, por lo curioso que resulta,  el nombre parlante o significativo Mentor, nombre propio en su origen del consejero de Telémaco, el hijo de Odiseo/Ulises, derivado de la misma raíz indoeuropea que mente, que se ha convertido en nombre común, lo mismo que le sucedió a Mecenas. Un mentor es una persona que aconseja y protege a otra, un hombre con experiencia de la vida, además de un verdadero amigo, un maestro en suma que aconseja a un joven.  En la Odisea de Homero, es la propia diosa Atenea, que encarna la sabiduría, la que adopta varias veces la figura de Mentor, viejo amigo de la familia al que el héroe había confiado la custodia de sus intereses cuando partió para la guerra de Troya, para acompañar y guiar a Telémaco.


La diosa Atenea, transformada en Mentor, guiando a Telémaco, dibujo de John Flaxman.

La pervivencia de esta palabra puede rastrearse en la obra “Las aventuras de Telémaco” del escritor francés F. Fénelon, publicada en 1699 y muy popular durante el siglo XVIII, donde se dibuja el carácter de este personaje.
 
Otro de los compuestos más curiosos es mentecato que procede de la expresión latina MENTE CAPTUS que literalmente significaba “cogido de la mente”, es decir, que no tiene toda la razón. Y de este mentecato salen ya la mentecatería y la mentecatez.

Un compuesto interesante es comentar, que procede del verbo COM-MENTARI, y que con el prefijo COM- significa aplicar la inteligencia a algo.

Pero quizá el derivado más chocante sea el verbo mentir, que ya existía en latín MENTIRI, y que en principio significaba inventar, imaginar, derivando después a su significado más conocido de no decir la verdad y, por lo tanto, engañar. De ahí derivan todas las mentiras, los mentirosos y las mentirijillas.


Si les damos un repaso a las lenguas romances, observamos que en castellano, gallego, portugués e italiano decimos mente, en catalán se dice ment, en francés se utiliza otra palabra de origen latino para la mente como por ejemplo esprit, pero se  usa -ment como terminación adverbial  y el adjetivo mental, que también existe en inglés por influencia francesa mental, mentality, y en rumano tenemos minte. En inglés, pero de origen indoeuropeo y no latino, relacionado con MENTEM tenemos mind. 

De la misma raíz indoeruropea de la que viene mente, que era *mN, con archifonema nasal, unas veces resulta men- como en mente, y los derivados que hemos visto hasta ahora,  pero otras veces puede resultar mem- como en MEMORIAM, que es el origen de nuestra memoria tan injustamente desprestigiada por los modernos sistemas de enseñanza, de la que no podemos olvidarnos alegremente sin caer en el síndrome de Alzheimer y convertirnos en unos desmemoriados que han perdido el memorial de su memoria histórica.

Del verbo MEMORARE, que en latín significaba recordar, hemos heredado los compuestos conmemorar y rememorar, concurriendo este último con su término patrimonial remembrar. Quizá convenga detenerse un momento en la evolución de REMEMORARE, que con la pérdida de la –E final de los infinitivos quedó en castellano REMEMORAR. Este cultismo evolucionó tras la pérdida de la vocal interior pretónica O a REMEMRAR, surgiendo una B epentética para permitir su pronunciación: REMEMBRAR, fenómeno que podemos observar en otras palabras como HOMINEM>hombre (pasando por omre en castellano viejo)  o FEMINAM>hembra .

En relación con la memoria se utiliza a veces en castellano el latinajo memento (mori), que en su forma simple como imperativo que es del verbo MEMINISSE significa sólo recuerda y la expresión completa recuerda que mueres, que eres mortal, ten in mente el hecho de la muerte, tu mortalidad, uno de los tópicos del arte barroco relacionado con el de la fugacidad de la vida y los del carpe diem y el tempus fugit. Se cuenta que este memento mori era la frase que se repetían los monjes trapenses cada vez que se encontraban. También se denomina así a la calavera, símbolo de la muerte, que nos advierte de nuestra condición mortal en el arte barroco. Igualmente dentro de las partes de la misa se habla del memento de los vivos y el de los difuntos. Del verbo REMINISCI, relacionado con MEMINISSE, tenemos en castellano reminiscencia, que suele ser un recuerdo un tanto vago e impreciso, pero remembranza al fin y al cabo.

Hemos de tener en cuenta entre los derivados de MENTEM el numerosísimo grupo difícil de inventariar, porque es un procedimiento gramaticalmente vivo, de adverbios de modo y manera que acaban en –mente. Quizá su origen haya que buscarlo en expresiones adjetivas que ya existían en latín clásico y que se utilizaban en caso ablativo para indicar circunstancias modales: sincera mente, por ejemplo en este verso de una comedia de Plauto (Bac. 509): ego animum mente sincera gero, donde Mnesíloco le dice a su padre que lleva bien su ánimo “con mente inalterada”. En estos casos, por cierto, el adjetivo (“sincera” en el ejemplo) concuerda en género femenino, número singular y caso ablativo con el sustantivo mente: con mente sincera, inalterada… No poco curioso resulta por otra parte el origen del adjetivo sincero, dicho sea de paso, que, como apunta Marouzeau, significa “sin cera” y alude a la miel pura que elaboran las abejas, sin adherencias de cera.

Los adverbios en –mente, como sinceramente tienen dos acentos, el del adjetivo y el del sustantivo, porque aunque se escriban como una sola palabra siguen sintiéndose como dos. No sólo abundan en castellano, sino también en gallego, portugués, catalán, francés e italiano.

Siguiendo con la raíz indoeuropea *meN, hay que decir que presenta una variante con vocalismo O, que es *moN, de donde surge en latín el verbo MONEO aconsejar, que nosotros conservamos en monitor, con el sufijo –TOR de agente masculino: aquel que nos aconseja, y en los compuestos premonición, con el significado de advertencia previa que le da el prefijo PRAE-, y admonición, que viene a ser un sinónimo de aviso, sin olvidar amonestar y amonestación, que efectivamente son advertencias o avisos con una recriminación añadida. De esta misma raíz procede monumento con el significado de recuerdo, generalmente de algún muerto, testimonio, memorial…

Merece la pena detenerse un poco en un curioso derivado del verbo MONEO que es moneda, procedente de MONETAM, uno de los sobrenombres de la diosa Juno: Iuno Moneta, algo así como Juno la consejera. Junto al templo que se levantaba en Roma de Iuno Moneta se acuñaba la moneda, que es la evolución de MONETAM tras la caída de la –M final y la sonorización castellana de la -T- intervocálica, que se convierte en -D-, conservándose en castellano en adjetivos cultos como monetario, que evoluciona a su vez por la vía popular al término patrimonial monedero, donde se guardan las monedas.

En relación con esta misma raíz tenemos MONSTRUM en latín clásico, que dio en castellano la forma ya en desuso, mostro, y en latín vulgar MONSTRUUM que evoluciona a monstruo, que viene a ser un prodigio que señala la voluntad de los dioses, por la creencia de que estas monstruosidades eran advertencias o amonestaciones divinas, de donde deriva el significado de algo extraordinario y sobrenatural, y relacionado con esto el verbo MONSTRARE, indicar la voluntad divina en primer lugar, y en fin simplemente mostrar, demostrar, muestra, muestrario. 

Aunque a primera vista parezca que no guardan mucha relación, las musas, hijas de Júpiter/Zeus y de Memoria/Mnemosine, divinidades que presidían las artes temporales, con la música y su murgas en primer lugar como la más significativa, pero también las bellas artes o espaciales, cuyas obras se atesoran en los museos que llevan su nombre, las musas también derivan de la raíz *moN, mas el sufijo –twa-.

La raíz indoeuropea, que hemos visto bajo sus formas *meN y *moN puede presentar en griego sobre todo la forma que se denomina grado cero *mN, dando origen a algunos helenismos relacionados con la memoria que conservamos en castellano: como amnesia, con prefijo privativo a-, de donde también deriva amnistía, con el significado de perdón, y mnemotécnico y mnemotecnia, el procedimiento que nos ayuda a recordar algo mediante alguna asociación mental. 

El título que le hemos puesto a esta entrada (“Mens sana in corpore sano”) es una frase muy manida, sacada de un hexámetro de Juvenal, que casi siempre se ha entendido mal, en el sentido de que hay que cultivar la inteligencia a la vez que el cuerpo. El contexto del dicho de Juvenal es “Orandum est ut sit mens sana in corpore sano” (Iuv. 10, 356), que propiamente significa: “hay que pedir a los dioses que haya (que nos den) una mente sana en un cuerpo sano”. Dice el poeta que el hombre verdaderamente sabio no pide al cielo más que salud, en el sentido amplio de la palabra: mental y corporal. Sin embargo suele citarse esta expresión para indicar que la salud del cuerpo es condición indispensable para la salud del alma, y que hay que esforzarse por lo tanto en cultivar la mente tanto como el cuerpo.

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