martes, 15 de julio de 2014

La muerte de Séneca o El camino hacia la libertad



Uno de los textos latinos más “contundentes” que conozco y que menos indiferente me deja es este de Séneca, nuestro filósofo cordobés, que os propongo y que podríamos titular Ad libertatem iter o El camino hacia la libertad, tomando el título del propio texto. (La referencia es De ira III, 15, 4).  Dice, en versión original en negrita y  traducido literalmente en cursiva frase a frase:

Quocumque respexeris, ibi malorum finis est. A dondequiera que vuelvas la vista, allí está el fin de tus males. Vides illum praecipitem locum? ¿Ves aquel despeñadero? illac ad libertatem descenditur. Por allí se baja a la libertad. Vides illud mare, illud flumen, illum puteum? ¿Ves aquel mar, aquel río, aquel pozo? libertas illic in imo sedet. Allí, en su fondo, reside la libertad. Vides illam arborem breuem retorridam infelicem? ¿Ves aquel árbol no muy alto, reseco, sin fruto?  pendet inde libertas. De él cuelga la libertad. Vides iugulum tuum, guttur tuum, cor tuum? ¿Ves tu yugular, tu garganta, tu corazón? effugia seruitutis sunt. Son válvulas de escape de la esclavitud. Nimis tibi operosos exitus monstro et multum animi ac roboris exigentes? ¿Te muestro salidas muy dificultosas y que exigen mucha voluntad y fuerza? Quaeris quod sit ad libertatem iter? quaelibet in corpore tuo uena. ¿Me preguntas  cuál es el camino hacia la libertad? Cualquier vena de tu cuerpo. 

A la pregunta de cuál es el camino más sencillo hacia la libertad, Séneca responde, después de considerar el lanzamiento al vacío por un precipicio, el ahogamiento en el agua, la horca o una puñalada en la yugular o el pecho,  que cualquier vena que se abra de nuestro cuerpo. De alguna manera estaba preanunciando su propio suicidio no voluntario, sino ordenado por el emperador Nerón, que el filósofo cordobés aceptó, a la fuerza ahorcan, con estoica resignación.

Según parece, el maestro había participado en una conspiración política encabezada por Calpurnio Pisón, la célebre conjura de Pisón,  junto con otros intelectuales como Petronio y Lucano, que estaban en contra del tirano, para derrocar al emperador Nerón -del que el propio Séneca había sido su preceptor. El castigo imperial no se dejó esperar: Nerón ordenó que los conjurados se suicidaran.


Séneca, después de abrirse las venas  de Manuel Domínguez Santos (1840-1906). Al ver este cuadro y la figura del sabio que yace muerto en la bañera, nos viene enseguida a la cabeza  el más famoso lienzo de David La muerte de Marat, con el brazo del revolucionario cayendo lánguidamente, en el que parece haberse inspirado nuestro pintor. 

 Grabado de Séneca desangrándose.

El historiador Tácito (Anales, libro XV, 62-64) relata, sine ira et studio, es decir, sin encono ni parcialidad, como era costumbre en él,  la muerte del sabio cordobés en estos términos:

(Un centurión ha venido a anunciarle a Séneca que debe quitarse la vida por orden del emperador Nerón).  Él, sin inmutarse, pide las tablillas de su testamento; como el centurión se las niega, se vuelve a sus amigos y les declara que, dado que se le prohíbe agradecerles su afecto, les lega lo único, pero lo más hermoso, que posee: la imagen de su vida; si se acuerdan de ella, tendrán la  reputación de hombres virtuosos como premio por tan constante amistad. Al tiempo procura convertir su llanto en entereza, ya hablándoles en tono llano, ya con mayor energía y como reprendiéndolos; les pregunta dónde están los preceptos de la filosofía, dónde los razonamientos por tantos años meditados frente al destino. ¿A quién había pasado desapercibida la crueldad de Nerón? Asesinados su madre y su hermano -les decía- ya nada le faltaba sino añadir a esas muertes la de su educador y maestro.



Hechas estas y similares consideraciones como hablando para todos, abraza a su esposa y, un poco conmovido a pesar de su inquebrantada entereza, le ruega y suplica que modere su dolor y no lo haga eterno, antes bien, que en la contemplación de una vida transcurrida en la virtud se acomode a soportar con honorables consuelos la añoranza de su marido. Pero ella le responde asegurándole que tiene decidido morir también, y reclama la mano del ejecutor. Entonces Séneca, por no oponerse a su gloria, y al tiempo por amor a ella,  no queriendo dejar a la que amaba como a nadie expuesta a los agravios, le dice: «Yo te había mostrado los aspectos gratos de la vida; tú prefieres el honor de la muerte; no me mostraré envidioso ante un ejemplo así. Sea la fortaleza de esta muerte tan valerosa igual por parte de ambos, pero tu final merecerá más gloria.» Tras esto y de un mismo golpe se abren las venas de los brazos con el hierro. Como a Séneca, debilitado su cuerpo por la vejez y la parquedad en el alimento, la sangre se le escapaba lentamente, se abrió también las venas de los muslos y pantorrillas. Extenuado por crueles sufrimientos, a fin de no quebrantar con su dolor el ánimo de su esposa y no dejarse él llevar a la debilidad al contemplar los tormentos que ella padecía, la persuade a que se retire a otra habitación. Todavía en posesión de su elocuencia en su momento supremo, hizo venir a los secretarios y les dictó abundantes líneas que, dado que han sido ya divulgadas en sus términos literales, me excuso de glosar aquí.

...Entretanto Séneca, como se alargaba el lento trance de su muerte, pide a Estacio Anneo, en cuya amistad y arte médica confiaba por larga experiencia, que le proporcione un veneno prevenido desde tiempo atrás, el mismo por el que morían los condenados por público juicio en Atenas; se lo llevó y de nada le sirvió tomarlo, porque al estar ya fríos sus miembros se cerraba su cuerpo a la acción  del tóxico. Por fin entró en un baño de agua caliente, y salpicando a los esclavos que se encontraban a su lado añadió que hacía libación de aquellas aguas a Júpiter Liberador...

 
El texto de Tácito, como apunta en su espléndida traducción publicada por la Biblitoteca Clásica Gredos, José Luis Moralejo, galardonado en 2009 con el Premio Nacional de Traducción,  alude en el último párfafo al veneno de la cicuta, estableciendo un paralelismo entre la muerte de Sócrates y la de Séneca. Por otra parte, el rito de la libación que allí se menciona consistía en derramar por tierra la bebida que se ofrecía a los dioses para pedirles o agradecerles algo. Séneca considera su muerte como una liberación.


La muerte de Séneca de P. P. Rubens (1577-1650). Este cuadro se inspira directamente en la narración  de Tácito que hemos leído. Muestra al maestro en el centro de la composición metido en el barreño. Su musculatura nos recuerda un poco a las esculturas renacentistas de Miguel Ángel. A la derecha vemos al médico amigo que lo ayuda a desangrarse, a la izquierda, agachado, un discípulo tomando las notas que él le dicta en el trance de su muerte, palabras que por cierto no se han conservado,  y detrás de él al centurión y un legionario, admirando la entereza y la resignación con la que el sabio afronta su destino. 

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