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martes, 25 de diciembre de 2018

Humanidad sin humanidades

Primero quitaron las lenguas clásicas, y nadie se escandalizó demasiado por ello, más allá de los profesores de Latín y Griego que veían en peligro su futuro profesional. Los colegas de otras materias no dijeron nada porque no era un problema que les incumbiera a ellos directa-, personalmente... todavía. La manera de ningunearlas fue progresiva: primero las redujeron al segundo plano de la opcionalidad. No se obligaría a los estudiantes a estudiarlas a no ser que ellos mismos eligieran hacerlo, lo que por otra parte era harto difícil si no sabían de qué iba aquello; y en segundo lugar las recluyeron en una modalidad de bachillerato minoritaria que, en principio, no era muy aconsejable para los alumnos aventajados porque, según cacareaban pedagogos (des)orientadores y psicagogos, no tenía salidas laborales, con lo que quedaba automáticamente desprestigiada y marginada, aunque por otra parte resultaba adecuada para que alumnos no especialmente dotados obtuvieran el título de bachiller. 


Los Departamentos de (des)Orientación procuraban que los alumnos, por su propio bien, no eligieran un Bachillerato de Humanidades porque, como no se cansaban de pregonar,  cerraba puertas. El argumento que daban es que si un alumno quería estudiar idiomas, por ejemplo, no tenía por qué elegir Latín y Griego, que eran lenguas muertas y materias obsoletas, podía muy bien elegir un Bachillerato de cualquier modalidad (Científico-Tecnológico, Bio-Sanitario o Artístico) porque allí también iba a estudiar Inglés o algún otro idioma moderno, igual que si se metía en el Bachillerato de Humanidades, con la ventaja de que si cambiaba de opinión en el futuro y se decantaba por otros estudios  podría hacerlo sin ningún problema, mientras que si se metía en el antiguo bachillerato de letras  entraba en un oscuro callejón sin salida... 
 
Ya se puede imaginar el daño que hacían estos consejos (des)orientadores a los futuros filólogos, por ejemplo, que ya ni siquiera se llamaban así, sino graduados en estudios ingleses o hispánicos, al no haber estudiado en su bachillerato nada de Griego ni de Latín y no saber que la Filología era etimológicamente el amor a las palabras, por lo que habían sido reducidos a la condición etimológica y práctica de analfabetos. 

Como escribía  el novelista Juan Manuel de Prada en su artículo El latín y los muertos: "Las lenguas clásicas (que algunos, en el colmo del idiotismo, llaman «lenguas muertas») fueron las primeras damnificadas, por constituir un petulante desafío al utilitarismo y a la pedagogía de la facilidad, tal vez las dos mayores lacras de la educación moderna." En efecto, ni el latín ni el griego son lenguas útiles: no sirven para nada. Pero basar su defensa en que son "saberes desinteresados" económicamente resulta contraproducente y elitista, porque nuestros gobernantes quieren una educación utilitarista, pragmática, que inserte al alumnado en la esclavitud del mundo laboral y la (de)formación profesional. Comparaba De Prada acertadamente en el artículo citado la erradicación pedagógica del latín de nuestro sistema de enseñanza con la eliminación de dicha lengua en la liturgia cristiana que llevaron a cabo los renovadores religiosos, trazando un paralelismo acertado entre la escuela y la iglesia. 

 
Los llamados IES, acrónimo de Instituto de Educación -y no Enseñanza- Secundaria, vivían una auténtica esquizofrenia que no se había conocido nunca antes de la LOGSE y sus posteriores aplicaciones prácticas hasta llegar a la LOMCE, que es la peor de todas, porque es la que padecemos en la actualidad: por un lado agrupaban en una misma concentración penitenciaria a las cohortes de 12 a 16 años que cursaban la ESO, acrónimo de Educación Secundaria Obligatoria, y al mismo tiempo la enseñanza secundaria que no era obligatoria, el bachillerato y la formación profesional, para los que ya se habían graduado en ESO y no se incorporaban al mercado laboral del (des)empleo precario. 
 
Es verdad que había in illo tempore una asignatura optativa en la Secundaria Obligatoria que se llamaba Cultura Clásica -dos horas semanales en 3º y tres horas en 4º-, pero para la mayoría de los alumnos no había nada más clásico que el partido de fútbol que paralizaba la vida del país entre el Fútbol Club Barcelona y el Real Madrid Club de Fútbol. 
 
Algunos profesores de lenguas clásicas, por su parte, se sentían culpables porque, según las autoridades educativas, si no tenían alumnos no era por el sistema educativo, que marginaba dichas enseñanzas, sino por el problema personal de esos profesores, que no habían sabido hacerlas atractivas ni captar al alumnado, y veían, descorazonados, como los estudiantes preferían otras optativas como los que iban a comerse el mundo “Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial”, o los que tenían menos ambiciones de cara al futuro y se conformaban con disfrutar del momento presente “Actividades de Ocio y Tiempo Libre en el Centro Escolar”.
 
Tras la penúltima reforma educativa, se ofertó -¡qué palabro! ¡cómo suena a saldos de restos de temporada y rebajas de enero!- en el último año de la ESO la asignatura de Latín, pero no era obligatoria, dado que no se podía obligar a nadie, es decir, a todo el alumnado a estudiar Latín forzosamente, ni siquiera a aquellos que se decantasen por seguir después estudios académicos de bachillerato, con lo cual eran cada vez menos los que optaban por esa materia, y muchos, la mayoría, lo hacían como "mal menor", porque la veían más accesible que otras para sacarse el título de Graduado en ESO, sin mucho esfuerzo y sin pensar luego en continuar estudios de bachillerato. 
 
El panorama de las demás materias humanísticas no era menos desolador:  La Historia se había limitado a adoctrinamiento nacionalista, ya fuera central o periférico; la Geografía, por su parte, al conocimiento del medio más cercano e inmediato: los límites de la comunidad autónoma, sus ríos y sus montes, su patrimonio cultural y su lengua, si era el caso, y poco más; la Literatura, invadida por el sentimiento de lo políticamente correcto, se había circunscrito a cuatro microrrelatos y cuatro cuentos modernos, nada de literatura clásica, políticamente incorrecta y difícil de leer, sino en todo caso libros de autoayuda y best-sellers fáciles de digerir. 


 
El estudio de la Lengua, con un vocabulario mínimo y repleto de anglicismos estúpidos e innecesarios, se limitaba a cumplimentar formularios de curriculum vitae on line. Al miedo de decir algo que no sea políticamente correcto se sumará el hecho de no saber qué decir o no tener nada que decir. La Filosofía, por su parte, se reducía tristemente, al modo en el que uno elija tomarse las cosas, pues se había hecho proverbial el dicho de "tomarse las cosas" con filosofía como sinónimo de "con resignación", y cada vez abundaban más expresiones como la "filosofía de la empresa y del emprendizaje (sic por el palabro)". 

En lugar de estas añejas disciplinas,  florecía la Economía subsidiaria de la Mercadotecnia por doquier. Estas eran las neohumanidades que se rebozaban con el uso de las Nuevas Tecnologías y con un escueto vocabulario en inglés de como mucho trescientas palabras. 
 
De nada servía que algunos dijeran que entrábamos en una nueva Edad Media disimulada por el deslumbrante brillo de una tecnología y una tecnocracia más vieja que el catarro pero que se pretendía neutral, no ideologizada e incluso buena,  si se hacía, advertían inútilmente los tecnócratas del Régimen, un buen uso de ella. Concluye De Prada el citado artículo diciendo que no hay nada más grotesco que llamar al latín "lengua muerta": Quienes estamos completamente muertos somos nosotros, por dejar que nos las arrebatasen.