martes, 23 de abril de 2019

Jaicus o jaicús.

Están de moda los jaicus (o jaicús) japoneses. Se aprecia en estas composiciones poéticas la concisión de su brevedad, la alusión a una de las cuatro estaciones del año, la belleza de las imágenes y muchas otras pinturerías por el estilo. Su poética, dicen, se basa en la emoción que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza. Pero ¿qué es un jaicu? 

Según la inevitable Güiquipedia, consiste en un poema breve de diecisiete sílabas, escrito en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Según esto, se trataría de una métrica “a sílabas cuntadas”, lo que no es exacto en absoluto, porque a veces no suman diecisiete sílabas, sino algunas más o algunas menos. 

A poco que se profundice, se descubre que el japonés cuenta con sílabas de dos moras, por lo que una de esas sílabas "largas" puede contar como dos elementos rítmicos. 

Entre nosotros, se han hecho imitaciones manteniendo este esquema de 5-7-5 sílabas, como en este ejemplo de Octavio Paz: Hecho de aire / entre pinos y rocas, / brota el poema, o este otro de Jorge Luis Borges: ¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?, donde el último verso, que tiene seis sílabas, al acabar en palabra esdrújula cuenta como pentasílabo. 

Octavio Paz, precisamente, y Eikichi Hayashiya tradujeron al poeta japonés Matsuo Basho, considerado el padre del jaicu, ofreciéndonos de él esta bellísima perla: Este camino / nadie ya lo recorre, / salvo el crepúsculo

Muchos poetas actuales optan por aproximarse al jaicu japonés con una estrofa de tres versecillos con el esquema “corto, largo, corto” sin más atención al cómputo de sílabas. Y algunos ni siquiera se atienen al número tres, y entregándose al “verso libre” escriben como dice García Calvo “unos reguerillos de prosa tipográficamente separados”. 

La definición del jaicu no dice nada sobre su condición prosódica, como anota Agustín García Calvo en su monumental “Tratado de rítmica y prosodia y de métrica y versificación”, publicado por editorial Lucina en 2006, que propone como esquema rítmico japonés originario un esquema que podríamos llamar trocaico cataléctico, lo que conlleva un final yámbico o con marca rítmica en la sílaba final del verso, por lo que estos versos, según el cómputo silábico de la métrica castellana serían 6/8/6,  y ofrece este ejemplo propio: Al primer temblor / del Otoño, el frío ¡qué / dulce por la piel! 

Siguiendo este esquema propuesto por el maestro, ofrezco algunos humildes intentos propios en este sentido para devolver a los jaicus el esquema rítmico originario japonés, que no suelen seguir las traducciones a nuestra lengua que prefieren el esquema tópico de 5/7/5, o españolizarlos con nuestra seguidilla o la soleá de nuestra tradición. 


Sin echar raíz / cual rosal de Jericó / peregrino yo. 
Mi riqueza es / sin fin: nada tengo yo / ni me tiene a mí.
Margaritas mil / se abren por doquier en flor / despuntando abril.
Con el vendaval / las ideas se me van, / y yo voy detrás.
Una jaula y un / pajarito dentro, y él / sin poder volar.
Llena la hucha está / de pesetas que ahorré / sin ningún valor.

Un espejo, en él / veo a otro como yo / que me mira a mí.
Si eres niña y ya / tienes mal de amores, ay. / ¿Qué va a ser de ti?
Mira, el abedul / de oro viejo amaneció / revestido aún.
El cerezo se ha / desprendido de otra más / hoja seca hoy.
Mi imposible amor, / nunca haremos el amor / de verdad tú y yo.
Otra que arrancar / hoja de almanaque, el mes / concluyó sin fin.

domingo, 21 de abril de 2019

Anno MMDCCLXII ab Vrbe condita


No viene mal recordar aquí y ahora, una vez más, otra vez, la historia de Rómulo y Remo, porque tal día como hoy se celebra precisamente en la capital italiana el 2772 aniversario de la Ciudad Eterna. Roma, en efecto, fue fundada según la leyenda el 21 de abril del año 753 antes de Cristo; por lo que hoy cumple nada más y nada menos que 2772 añitos, que no son pocos. ¿Os imagináis a la loba capitolina que amamantó a los dos gemelos apagando 2772 velas?

Bueno, pues para celebrarlo vamos a escuchar nosotros la canción "Romulus", del grupo canadiense de heavy rock Ex Deo, que trata sobre el crimen fundacional de Roma, que tanta semejanza simbólica guarda con el de Abel a manos de Caín: el asesinato de Remo por parte de su hermano gemelo Rómulo, que se convierte así en el primer Jefe de Estado de la urbe recién creada.

La letra está, obviously, en inglés, que es la nueva lengua del Imperio, pero se entiende muy bien, si hacéis el esfuerzo de escucharla y de leerla, porque merece la pena.






Romulus, from the wolf’s mouth I feed eternity
Romulus, with my brother’s blood I opened wide the gates of time
Standing at the hill cliff
A flock of birds crown me
I am fathered by the god of war, I am the king of Rome
Then his jealousy blooms, the envy to lead my people:
So perish everyone who shall leap over my wall!
Romulus, from the wolf’s mouth I feed eternity
Romulus, with my brother’s blood I opened wide the gates of time
Rise the Legions that by the kingdom
Within my beating heart, the sword and spear shall govern
Remus defied me, and I shall strike upon those who disobey me with death!
I am Romulus
I am the king of Rome
An empire shall rise!
Romulus, from the wolf’s mouth I feed eternity
(Romulus!)
Romulus, with my brother’s blood I opened wide the gates of time

sábado, 20 de abril de 2019

Cementerio de elefantes

El cementerio de elefantes era un lugar sagrado al que iban a morir, según la leyenda africana, los viejos paquidermos, depositando el marfil de su experiencia. 

Los cazadores codiciosos de los preciados colmillos elefantinos se dedicaron a la  búsqueda infructuosa del cementerio sagrado, que sólo hallaron en sus sueños.

Incapaces de soportar la verdad, no razonamos, creemos en las ideas y sostenemos, como Atlas el mundo sobre sus hombros, la realidad a fuerza de mentiras. 

(Seguiriya gitana para cantar a palo seco y con quejío): Tengo yo una pena grande, que no tengo, que me tiene a mí ella y no me deja que ande yo contento. 

Todos y cada uno de nosotros, día y noche, despiertos y dormidos, queriendo o sin querer, sustentamos el caótico tinglado del cosmos con titánicos esfuerzos. 

Candidato en la antigua Roma era aquel que, vestido de blanco impoluto -candidus en latín-, se postulaba para blanquear con tejemanejes sus negras intenciones. 

Se llamaba también a los candidatos petitores y a sus rivales en los comicios competitores, porque, dadas sus aspiraciones, tenían un inmenso apetito de poder.



Un esclavo llamado nomenclator recordaba al candidato que era su amo, reconocible por su blanca vestimenta, el censo electoral: los nombres de sus clientes. 

El mito de la democracia consiste en que la plebe, reducida a electorado, legitima con la divina unción de su voto el gobierno que tendrá que padecer. 

El anacronismo monárquico, avalado antaño por la gracia de Dios, se justifica en las monarquías hogaño por el carisma constitucional del voto democrático. 

La libertad de elección que tiene un pueblo consultado en plebiscito consiste en decidir mayoritariamente cuál quiere que sea el material de sus cadenas. 

La imagen de los buitres devorando encarnizadamente al jato y a la vaca que lo está pariendo en descampado es mucho más que una metáfora de nuestro nacimiento. 

Los rostros que se asoman a las ventanas de la Red no son verdaderas caras, sino caretas, máscaras parlantes que con palabras mudas cotorrean sin cesar. 

Ya no se estudia Historia Sagrada en los centros de enseñanza, sino Historia Profana, que, sacralizada, ocupa su privilegiado lugar en el currículo educativo. 

La Historia (inglés history) es una ficción (inglés story) y por lo tanto un género literario en prosa que está bajo la protección de Clío, musa memoriosa. 

El nacionalismo se alimenta de la invención de una historia propia que justifica la idea falsa pero real, como todas las ideas, de pueblo elegido y de nación. 

Tres cosas hay en la escuela: la voz del maestro que manda silencio, los niños que de pronto callan, y la monotonía de la lluvia repicando en los cristales. 



El verdadero terrorismo no está en los márgenes del sistema atentando contra él como creen los gobiernos, sino en su ser y el seno mismo de la bestia Leviatán. 

No podemos fingir ignorancia como avestruces que esconden la cabeza debajo del ala, ni creer que, si no miramos, no pasará lo que no queremos ver ni que se vea. 

El denominado pensamiento positivo (wishful thinking en la lengua imperial) con sus paños calientes paliativos perjudica en cuerpo y alma gravemente la salud. 

Niego el carácter salvífico de las virtudes teologales del viejo catecismo: ni fe, ni esperanza ni caridad, ese amor mal entendido que pretende redimirnos. 

La jarra de Pandora de Hesíodo: Sola allí la Esperanza en su inquebrantable morada dentro quedó de la jarra a los bordes y no se salió hacia fuera volando. 


jueves, 18 de abril de 2019

La engañifa de los comicios

Cuando uno elige entre los términos de una alternativa que se le plantea, está, aunque no quiera, sometiéndose a los términos que le formula dicha alternativa, y está también subordinándose a quien se la plantea: los que mandan pueden preguntar lo que quieran,  y el deber de los mandados es responder a lo que se les pregunta, sin olvidar que, por otra parte, los que mandan son los más mandados. 


Supongamos que se consulta mediante un referéndum al electorado o a la ciudadanía, como dicen ahora,  si prefiere un estado confesional, aconfesional o laico; o, da lo mismo para el caso, monarquía o república. Cualquier respuesta que se dé a esas cuestiones, que son preguntas cerradas en el espacio que ellas abren y que incluyen ya las respuestas correspondientes, resulta en el fondo indiferente y poco menos que trivial, porque lo que se pretende con la disyunción antes que elegir una u otra forma es mantener el sistema vigente que padecemos, cuya existencia misma no se cuestiona, sino que, antes bien, se fortalece con la consulta por una parte y con la elección, por otra, que hagamos al decantarnos hacia una u otra respuesta. Da igual que digamos que queremos un estado confesional, aconfesional que laico, o, en el otro supuesto, monárquico que republicano, porque lo sustantivo y por tanto sustancial que estamos proclamando al participar en ese plebiscito es que “queremos un estado”, refrendando así, nunca mejor dicho, que haya Estado. 


Una vez elegida mayoritariamente la forma de estado, se acabará imponiendo la decisión de esa mayoría a la totalidad, y eso se hará pasar torticera- y democráticamente, dirán, confundiendo el demos con el kratos, el pueblo con el gobierno- por la expresión de la voluntad popular, como si el pueblo quisiera a toda costa ser gobernado, dirigido, regido, reglamentado. La única respuesta, sin embargo, de la voluntad auténticamente popular sería denunciar la mentira de la trampa de la pregunta y declarar que el sentir del pueblo es que no quiere ser estabulado bajo ninguna forma de estado ni de patria. 

 Viñeta de Mortadelo y Filemón, F. Ibáñez

Lo mismo sucede al elegir entre unos u otros candidatos de uno u otro partido político, que en el fondo, sean del signo que sean, resultan indiferentes todos, porque todos tienen la misma pretensión de alcanzar el poder y de gobernarnos. Nosotros, además, no hemos participado en la propuesta que se nos hace, simplemente nos limitamos a contestar si preferimos cocacola o pepsicola, sometiéndonos a esa disyunción y descartando, por lo tanto, un sinfín de posibilidades alternativas, desde no desear ninguno de esos dos refrescos gaseosos y azucarados norteamericanos, a preferir, por ejemplo, otras muy saludables y refrescantes alternativas, como una zarzaparrilla con sifón. 



En conclusión, gozamos de libertad de elección, el famoso derecho a decidir, sí, cuando nuestra elección no puede perturbar lo más mínimo de ningún modo por lo baladí que es el funcionamiento del sistema. No nos engañemos.

martes, 16 de abril de 2019

Breve mensajería

Ver para creer: una fotografía en alta resolución de un agujero negro del universo corrobora la fe, esa vieja virtud teologal, en la ciencia, la nueva religión.


De A. Dumas hijo: Que los niños sean listos y los adultos necios, cosa que sucede, se debe, más que al paso del tiempo, a la educación recibida, que entontece.

Nos explotamos a nosotros mismos, exhibimos nuestra intimidad, nos esclavizamos bajo la bandera de la libertad, nos vigilamos cual bobalicones.

Microrrelato: Cuando despertó el intelectual que había publicado en la Red un artículo titulado “El fascismo que viene”, descubrió que seguía allí su pesadilla.

“Yo no me quiero enterar” cantaba la Piquer, en aquella copla donde le rogaba a la vecina que no le contase la verdad que ella, “blanca de luna”, ya la conocía.

Cuando llegó, alertado por los vecinos de la presencia de una gran bandada de buitres hambrientos en el cielo, la potrilla yacía ya destripada sin entrañas.

No logro sacarme de la cabeza la imagen de la yegua despanzurrada, cuyas tripas los ávidos buitres que se resistían a emprender el vuelo devoraban a porfía.

Dos niños rusos de cinco años cavaron un túnel por debajo de la valla, utilizando las palas con que jugaban en la guardería, para escapar del Kindergarten.

Llamar "jardín de infancia" a la guardería donde los niños están recluidos y custodiados bajo tutela, a recaudo del mundo exterior, es poco menos que sarcasmo.

En la querella de los antiguos y los modernos, yo me inclino por los clásicos, unos muertos que están bien vivos y aun más vivos que muchos de nosotros.

Calino de Éfeso resuena y advierte: ἐν εἰρήνηι δὲ δοκεῖτε ἧσθαι, ἀτὰρ πόλεμος γαῖαν ἅπασαν ἔχει: En paz creéis estar pero la guerra gobierna toda la tierra.

Lo peor de la televisión no es que haya mucha telebasura en muchos programas, sino que la propia televisión convertida en espacio publicitario es telebasura.

Del taller "¿Qué hay que hacer para ser feliz?". - Positivizar, panadero, la actitud ante la vida, aunque los panes, al salir del horno, salgan como hostias.

Perder no es siempre lo peor que le puede pasar a uno: no hay pérdida que no sea de algún modo gananciosa, y viceversa: hay ganancias que nos echan a perder.

El rechazo a la tecnocracia no consiste en querer volver a la prehistoria, como dicen los apologetas de la tecnología, sino en salir de la caverna de Platón.

domingo, 14 de abril de 2019

El poder de la cultura contra la cultura del Poder

El término “cultura” procede del sustantivo latino “cultus”,  que quiere decir cultivado y cultivo. La raíz de la palabra la encontramos en culto, cultor, cultivo, cultismo, inculto, culterano, cultalatiniparla, cultiparlar, cultura y contracultura.  En latín "cultus" era es el participio del verbo “colo” (*col-tus > cul-tus),  que, entre otros significados, tenía el de "cultivar la tierra", por lo que una palabra como agricultura,  que significa literalmente cultivo agrario o del campo,  es una redundancia.  

El verbo “colo” deriva de la raíz indoeuropea *Kwel- que en su acepción originaria y material significaba voltear, es decir, remover la tierra, lo que hace el labrador cuando trabaja con la azada y el arado. Pero este verbo, además,  ya en latín quería decir también habitar, vivir, por el sedentarismo que implica la agricultura frente al nomadismo, valor del que derivan los términos colonia, colono, colonizar, sin perder de vista domicilio, compuesto de domus “casa” y la raíz que nos ocupa con vocalismo -i- modificado; valor que se subraya con el prefijo in-, de donde tenemos el sustantivo “íncola”, habitante, y también el moderno “inquilino”.





Pero “colo” tiene también el significado antiguo de cuidar, tratar, y el de honrar y venerar a los dioses y, por lo tanto, rendirles culto religioso, de donde los modernos nos hemos sacado la libertad de cultos que se nos reconoce a las personas como uno de los derechos humanos. La diversidad de confesiones religiosas hace que a veces olvidemos que hay una elección previa, la de si es necesario elegir un culto u otro, y en función de qué criterio lo elegimos, si decidimos hacerlo: las religiones, en efecto, no son más verdaderas o válidas según el número de creyentes o practicantes que tengan. Obviamente podemos elegir la que nos venga en gana, pero también no elegir ninguna y quedarnos en el agnosticismo. 


Del significado de "rendir culto a los dioses", por un proceso semántico muy común de autismo, se pasó al sentido de rendir culto al cultor, es decir a sí mismo, no ya a la divinidad o a la tierra y sus cultivos. Y como el hombre según la dicotomía habitual es cuerpo y alma, hay dos culturas: una cultura referida a la mente y al espíritu que habitualmente se entiende como acumulación de conocimientos científicos y humanísticos, y una cultura física relativa al cuerpo, de ahí la palabra culturismo, que la academia define como “práctica de ejercicios gimnásticos encaminada al excesivo desarrollo de los músculos”, y que probablemente se trate de una imitación del término alemán Körperkultur, cultura corporal o física, de donde nuestra  moderna “educación (sic) física” que ha sustituido a la vieja y desnuda gimnasia. A esta preocupación por el cuerpo habría que añadir el culto moderno de la propia imagen.



 
Viñeta de Andrés Rábago, el Roto

Cicerón en sus Conversaciones en Túsculo II, 5, dice que así como ningún campo puede ser fructífero si no se lo cultiva, (ut ager quamuis fertilis sine cultura fructuosus esse non potest), otro tanto ocurre con el alma sin instrucción (sic sine doctrina animus). Cualquiera de estos dos factores, sin su complemento, carece de vigor (ita est utraque res sine altera debilis). La filosofía es el cultivo del alma (cultura autem animi philosophia est); arranca de raíz los vicios (haec extrahit uitia radicitus) y prepara los espíritus para recibir la simiente (et praeparat animos ad satus accipiendos),  se la entrega a estos, y, por así decirlo, siembra lo que, cuandro crezca, producirá ubérrimos frutos (eaque mandat iis et, ut ita dicam, serit, quae adulta fructus uberrimos ferant). La traducción de Marciano Villanueva Salas, modificada, está tomada de Conversaciones en Túsculo, Asociación Española de Neuropsiquiatría, Madrid 2005.


No hay que confundir la cultura con la lengua: la lengua es un don gratuito que se le da a todo el mundo. Sobre ella no manda nadie, pese a todos los pesares y Academias que, so pretexto de ser descriptivas, acaban siendo preceptivas al convertirse su descripción del lenguaje hablado en escritura y norma escrita, ley que se impone a través del Diccionario donde se almacenan los nombres comunes, mientras que la cultura es una creación de Arriba, una imposición. Nace ya escrita y se ocupa de los Nombres Propios (antropónimos o de persona, topónimos o de lugar y cronónimos o relativos a la medición que hacemos del tiempo), que realmente no tienen significado como los comunes, por lo que se almacena en una enciclopedia tradicional o, si se prefiere, virtual del estilo de la inevitable Güiquipedia. 


 
Viñeta de Miguel Brieva


La cultura del Poder está, pues, configurada por la acumulación de Nombres Propios, pero también por las jergas especializadas y básicamente escritas y sometidas a absurdas reglas de ortografía de políticos, científicos, filósofos, economistas y todos aquellos que defienden el edificio insostenible sin la fe que depositan a diario en ella de la cruda realidad. Contra ella se alza el lenguaje normal y corriente, la lengua que hablamos y la razón desmandada que subyace y que es común a todos, que se rebela contra todas las imposiciones que vienen de Arriba, de donde la gente sabe que no puede caerle nada bueno. Esa lengua es la única arma, la única cultura verdaderamente popular y contracultural que puede alzarse contra la cultura del Poder y todos los Nombres Propios y denunciar que la realidad que se nos impone es falsa: la lengua común y corriente que denuncia el empleo de todos los lenguajes especializados, sean de la índole que sean, y que se pregunta incansablemente, contra la jerga de los políticos y/o economistas y la ideología dominante, qué es “Constitución”, “España” “Catalunya”, “Democracia”, “Gobierno”, “Estado del Bienestar”, “Europa”, “La Transición“, y demás retahíla y política monserga. Así y sólo así la lengua hablada se rebela contra las ideas establecidas. Ni la cultura ni la contracultura pueden hacer nada contra la cultura del Poder; sólo acaso la lengua común y corriente.

viernes, 12 de abril de 2019

De la paz y de la guerra

La siguiente reflexión de Cicerón sobre la guerra y la paz, sacada de su contexto, que es la séptima Filípica que escribió el orador contra Marco Antonio, me parece muy oportuna en cualquier caso: Nec ego pacem nolo, sed pacis nomine bellum inuolutum reformido, que viene a decir algo así: Yo no estoy contra la paz, pero me produce espanto la guerra envuelta en el nombre de la paz.


 El joven Cicerón leyendo, Vincenzo Foppa (1427-1515)

George Orwell en su novela 1984  describía el mundo del Gran Hermano donde el lema del partido que gobernaba era: war is peace, freedom is slavery, ignorance is strength:  guerra es paz, libertad es esclavitud, ignorancia es fuerza. En ese mundo controlado por el ojo panótpico del Big Brother se llamaba paz a la guerra, y libertad a la esclavitud en la que vivían. 


En nuestros días, asistimos a este ejercicio de ocultación de la verdad que consiste en llamar a las cosas con la denominación contraria de lo que son; y así a las guerras oímos que se las llama “misiones humanitarias de paz y de defensa de la democracia y de los derechos humanos”, por ejemplo, y nos quedamos tan contentos. 

En este sentido no está de más recordar aquí aquella honesta y sincera declaración de un veterano norteamericano de la guerra de Iraq,  que reconoció lo siguiente: Nos dijeron que luchábamos contra los terroristas: el verdadero terrorista era yo”.

Nuestra poetisa Isabel Escudero escribió en su poemario Coser y Cantar (1994) el siguiente agudo pareado, que viene a decir lo mismo que decía Cicerón con otras palabras más castizas: Tú crees que esto es la paz: / esto es la guerra disimulá. 



       Proseguía Cicerón diciendo allí mismo:  Qua re si pace frui uolumus, bellum gerendum est; si bellum omittimus, pace numquam fruemur. Por lo tanto si queremos disfrutar de la paz, tenemos que hacer la guerra; si prescindimos de la guerra, nunca disfrutaremos de la paz. Pero no estaba aquí Cicerón, como puede parecer a simple vista, proclamando el viejo y también latino adagio que se atribuye a Vegecio “si uis pacem, para bellum”, si quieres la paz,  prepara la guerra, que esgrimirán tantos militares y militaristas después de él para justificar el abuso de las armas, sino de declararle la guerra a la mentira reinante que llama paz a la guerra, y llamar lo primero de todo a las cosas por su nombre: al pan pan, y al vino vino; paz a la paz; guerra a la guerra.