lunes, 9 de septiembre de 2013

Cicerón, de rabiosa actualidad



Dos periódicos españoles de distinta orientación política como son La Razón, de derechas, afín al  gobierno, y Público, de izquierdas, crítico con sus políticas neoliberales,  se han ocupado recientemente de la publicación entre nosotros del libro del profesor norteamericano Philip Freeman titulado “Cómo gobernar un país”, editado por Crítica. El autor, profesor de lenguas clásicas, publica, bajo ese título,  una breve antología personal del pensamiento político de Marco Tulio Cicerón en edición bilingüe en latín y castellano, donde recupera la filosofía del célebre orador y escritor que llegó a ser cónsul de la república romana.


El artículo de La Razón, publicado el 2 de septiembre y firmado por J. Ors, se titula “Lecciones de Cicerón para los políticos de hoy”, y  hace valoraciones de tipo general como las siguientes (cito literalmente): En esta época de corruptelas y de camarillas, donde la voluntad y la inteligencia son denostadas y, en cambio, se recompensan las maniobras arteras de los espíritus sin escrúpulos, hay que volver la mirada hacia los que dictaron las leyes del buen gobierno. Que los discursos de Cicerón todavía sigan vigentes dice mucho del orador, pero bastante poco de nosotros, que da la impresión de que continuamos anclados en las servidumbres del dinero, en la ambición provinciana de querer subir por la escala jerárquica.

Para el periodista de La Razón, Philip Freeman ha recuperado en su libro la figura del filósofo romano para extraer un puñado de lecciones vigentes para los desorientados y tan poco queridos políticos profesionales de hoy. Dice literalmente:  En la actual España, recuperar la voz de un cónsul del siglo I antes de Cristo sólo demuestra que la sociedad evoluciona, pero que los hombres siguen tropezando en los mismos vicios de ayer.

J. Ors cita algunas reflexiones de Cicerón de rabiosa actualidad, como la siguiente: «No hay vicio más execrable que la codicia, sobre todo entre los próceres y quienes gobiernan la nación, pues servirse de un cargo público para enriquecimiento personal resulta no ya inmoral, sino criminal y abominable». 


El artículo de Público, edición digital, aparecido el 7 de septiembre y firmado por  A. Torrús, se titula directamente por su parte: “Diez consejos de Cicerón a Mariano Rajoy”. El autor no sólo considera que el pensamiento de Cicerón sigue de plena actualidad tras la lectura del libro de Freeman dos mil años después, sino que además se atreve a extraer de él algunos consejos que le brinda personalmente al presidente del gobierno de la nación.

El primero es que la corrupción destruye a la nación. Para Cicerón, subraya A. Torrús, la corrupción se había convertido en un verdadero cáncer que devoraba el corazón del Estado. Y nos recuerda cómo el joven Cicerón, cuando todavía no era más que un desconocido, se enfrentó y derrotó en los tribunales al corruptísimo exgobernador de Sicilia, Gayo Verres. 

Otro de los consejos es que la inteligencia y la formación culturales (incluido el dominio de los idiomas extranjeros, especialmente del inglés, apunto yo; nunca es tarde para aprenderlo) no son cosas superfluas u ornamentales que estén de más en un gobernante, sino necesarias para  la gobernanza, como dicen los mandamases cuando no optan por el horrísono término de gobernabilidad, de un país en los tiempos actuales. 

Cicerón también opina que el gobernante debe poseer una integridad moral excepcional. El buen gobernante debe "destacar por su coraje, aptitud y su resolución". En su opinión presidir un país es como gobernar una nave, sobre todo cuando empiezan a soplar vientos de tempestad: si el capitán no es capaz de mantener un rumbo constante, la travesía se resolverá en desastre para cuantos viajan a bordo.

Esta comparación que hace Cicerón, apunto yo, entre presidir un país y gobernar una nave viene de muy atrás, de tan atrás como que para los romanos la palabra GUBERNUM, que es el origen de nuestro “gobierno”, significaba en principio“timón de una nave”, es decir, gobernalle, y el verbo GUBERNARE, antes de evolucionar a “gobernar” en sentido general, significaba “dirigir una nave manejando el timón”. 

También el arpinate (Cicerón había nacido en Arpino, una pequeña localidad latina) le aconsejaría a nuestro presidente del gobierno, según el periodista de Público, que no hay que subir los impuestos salvo que sea excepcionalmente necesario. "Quien gobierne una nación debe encargarse de que cada uno conserve lo que es suyo y de que no disminuyan por obra del Estado los bienes de ningún ciudadano", señala.

Otro de los consejos que el periodista extrae del libro y se lo brinda a don Mariano Rajoy es que jamás hay que empezar una guerra injusta. Esta máxima de Cicerón cobra especial relevancia cuando se ha conocido el apoyo incondicional del Gobierno, que no del pueblo español, a la decisión del premio Nobel de la Paz, ¡qué paradoja!,  el presidente de los Estados Unidos de América Barack Obama, el nuevo Martin Luther King,  como quisieron ver algunos ingenuos en él,  de lanzar una ofensiva militar, es decir, de hacerle la guerra sin eufemismos, a Siria.

Por mi parte, además de alegrarme de que la lectura de un clásico como Cicerón, al que traducen a duras penas todavía hoy nuestros alumnos de Latín de 2º de Bachillerato,  siga resultándonos de provecho, aprovecho, valga la redundancia,  para recordaros algunas máximas ciceronianas especialmente celebradas:
-Cedant arma togae! (¡Cedan las armas a la toga, es decir, al poder político! Aunque entre nosotros la toga representa al poder judicial, para los romanos era el símbolo del poder político).
-O tempora, o mores! (¡Oh tiempos, oh costumbres! Queja eterna de quien lamenta la corrupción de los tiempos y la decadencia de las costumbres actuales)
-Dum spiro, spero (Mientras hay vida, hay esperanza: Juego de palabras entre “spiro” estoy vivo porque respiro,  y “spero” albergo una esperanza).
-Legum serui sumus ut liberi esse possimus. (Somos esclavos de las leyes para poder ser libres)
-Summum ius, summa iniuria. (Máxima justicia, máxima injusticia. Quiere decir Cicerón con estas palabras aparentemente contradictorias que llevar la justicia a sus mayores extremos puede resultar una tremenda injusticia al fin y al cabo).
Y, por supuesto: Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? Suele utilizarse a veces este latinajo cambiando el vocativo que va entre comas y colocando el nombre propio de quien sea objeto de nuestra invectiva: ¿Hasta cuando en fin abusarás, Catilina o el político corrupto de turno que venga a ocupar su sitio, de nuestra paciencia?

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