domingo, 23 de diciembre de 2018

Lenguas muertas

Dice el novelista Carlos Ruiz Zafón que no hay lenguas muertas sino cerebros aletargados. Lo dice en defensa del latín y del griego, lenguas a las que a menudo se tacha despectivamente de “muertas” porque no se hablan. Hay que desmentir esto último: el griego no es una lengua muerta, se sigue hablando y escribiendo conservando incluso su alfabeto, que es la madre del nuestro, hoy en día en el marco de la Unión Europea. Es cierto que es una lengua minoritaria que sólo se habla en Grecia y en Chipre como tal, pero que, viva como sigue, subyace todavía en todas las lenguas europeas, que contienen un amplísimo sustrato helénico clásico, por lo que todos los habitantes del continente hablamos sin querer ni ser conscientes de ello la mayoría de las veces la lengua de Homero y de los dioses. Conviene tenerlo en cuenta.
 
  Las aguas del Leteo en las llanuras del Elisio, J. R. S. Stanhope (1880) 

En cuanto al latín, cierto es que no sobrevive como tal lengua, sino reencarnada en las llamadas romances o neolatinas, castellano, catalán, gallego, francés, italiano, rumano, portugués etcétera, sin contar con el numeroso léxico latino presente en el inglés actual que es la lengua del Imperio, por lo que tampoco se puede decir sensu stricto que sea una lengua muerta, ya que seguimos hablando latín de alguna forma, latín macarrónico y mal hablao, si se quiere, pero latín al fin y a la postre, en la Unión Europea y allende ella. Conviene recordarlo.

Volviendo a la frase de Ruiz Zafón, me gusta la expresión de “cerebros aletargados”, que recuerda al título de la novela de Gogol “Almas muertas”, por la alusión que conlleva la palabra “letargo”, que nos remite al río Leteo que atravesaba el Hades o reino de los muertos y desembocaba en la laguna estigia, cuyas aguas tenían la mágica virtud de hacer que todo aquel que bebiera de ellas perdiera totalmente la memoria, sumiéndose en el olvido definitivo del mundo y de sí mismo. 

Las aguas del Leteo, T. B. Kennington 1890

La palabra letargo, en efecto, nos ha llegado a través del latín lethargus procedente de la griega λήθαργος (lḗthargos). Λήθη (Lḗthe), Olvido en griego, era hija de Éride, la Discordia. Personifica el olvido, tanto de lo bueno como de lo malo, pero también la ingratitud y el desagradecimiento, si tenemos en cuenta que esto último es a menudo consecuencia de lo primero. De la Fuente del Olvido, situada en los Infiernos,  manaba el río de cuyas tranquilas linfas bebían las almas de los muertos la amnesia de su existencia terrenal. Enseguida se convirtió en una alegoría, y se hermanó con los gemelos Hipno y Tánato, el sueño y la muerte. No deberíamos olvidarlo.

2 comentarios:

  1. Wilfred Stroh escribió un libro muy ameno llamado "El latín ha muerto. ¡Viva el latín!" en el que se presenta esta cuestión como una paradoja. Y es que a partir de la época del principado de produce un desdoblamiento. Por un lado, el latín clásico, el de la escuela, sería una lengua muerta desde el siglo I, ya que representa una foto fija, una imagen congelada de una lengua ideal tal y como se escribía en un momento concreto que se consideró su época dorada. Durante dos mil años volveremos una y otra vez a ese modelo de lengua perfecta, pero sin permitirle evolucionar... una lengua muerta.
    Por otro lado, el verdadero latín sigue su camino, se fragmenta y evoluciona hasta llegar a las lenguas romances actuales e incluso a impregnar a otras lenguas modernas.
    Así tenemos un latín normativo, "fosilizado" que es una lengua muerta, y un latín que evoluciona y se multiplica, muy vivo y actual.
    Este muerto está muy vivo, parece.
    Io Saturnalia!

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    1. Gracias por el comentario, Sara. Lo que dice Stroh es muy cierto: la paradoja que señala se reduce a otra mucho más elemental: la de lengua escrita/lengua hablada: por un lado el latín escrito de la "aurea aetas" se convierte en un modelo literario, y, por lo tanto, en una lengua muerta, escrita, mientras que por otro el latín sigue de viva voz su evolución hasta nuestros días. Un saludo.

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