miércoles, 11 de noviembre de 2009

Schliemann y el descubrimiento de Troya

Heinrich Schliemann es uno de los personajes más peculiares de la historia de la arqueología, con una vida que parece sacada de una novela de aventuras. Nació en 1822 en Mecklemburgo, Alemania, en una familia bastante humilde. Desde niño se sintió atraído por las leyendas sobre los héroes griegos y sobre Troya, de cuya existencia se dudaba, porque nadie sabía dónde estaba.


Tuvo que dejar pronto los estudios y comenzar a trabajar. Gracias a una combinación de buena suerte, talento para los negocios y una extraordinaria habilidad para los idiomas (a los treinta años hablaba ya diez lenguas), pronto consigue convertirse en un próspero empresario y hacer una fortuna que le permitiera entregarse a su pasión: Homero.

Así, a los 34 años emprende el estudio del griego moderno, que domina en ¡seis semanas! y a partir de ahí, en tres meses, tiene los suficientes conocimientos de griego clásico y homérico como para entregarse al estudio de la Iliada y la Odisea. Y a los cuarenta años se retira de los negocios.

Se buscó una esposa griega: los requisitos eran que fuera hermosa, le gustara Homero y hablara griego clásico, y encontró a una joven, Sofía, que le acompañó en sus expediciones. Siguiendo las escasas pistas que dan los poemas homéricos, se convenció de que la antigua Troya se encontraba en la colina de Hissarlik, en la costa turca. Contrató obreros y comenzó las excavaciones, que duraron varios años. Y finalmente encuentra entre las piedras de la muralla lo que creyó el tesoro del rey Príamo.

Schliemann también excavó en Micenas, donde encontró lo que llamó la máscara funeraria de Agamenón y las tumbas reales, y también en Tirinto. Sus métodos eran algo dudosos, incluso se le ha acusado de "robar" los tesoros que encontró, y de tener más entusiasmo e imaginación que verdaderos conocimientos, pero... ¡qué personaje!










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