lunes, 12 de mayo de 2014

Pompeya, la película



Pompeya, la película dirigida por Paul W. S. Anderson (2014), es realmente una mala película y,  aun peor, pésima y deleznable imitación de Gladiator de Ridley Scott (2000), con un guión no sólo previsibe sino bastante deplorable que insulta la inteligencia de los espectadores; mezcla del más rancio peplum de las  películas de romanos  y del cine de catástrofes, el resultado es catastrófico en todas sus dimensiones. Lo mejor de la cinta, lo único,  si puede salvarse algo, es desde mi punto de vista la cita de Plinio con que se inicia la historia. Se trata de una frase estremecedora tomada de su crónica epistolar sobre la erupción del volcán, un auténtico reportaje periodístico avant la lettre, donde nos narra con todo lujo de detalles la tragedia de Pompeya y Herculano.

La frase reza en latín: erant qui metu mortis mortem precarentur (había quienes suplicaban la muerte por miedo a la muerte);  multi ad deos manus tollere (muchos alzaban las manos al cielo, a los dioses), plures nusquam iam deos ullos aeternamque illam et nouissimam noctem mundo interpretabantur (no pocos consideraban que ya no había dioses en ninguna parte y que aquella era la última y eterna noche del mundo).


 Erupción del Vesubio, óleo de William Turner

La cita recuerda a Lucrecio, que en el libro III de su enorme poema De rerum natura, hablando del suicidio, narra cómo los hombres temen  tanto la muerte que llegan a veces a darse muerte (letum, en el texto, de donde procede nuestro adjetivo "letal") para librarse precisamente de ese pánico, olvidando que era ese miedo la fuente de todos sus males:

et saepe usque adeo mortis formidine uitae
percipit humanos odium lucisque uidendae,
ut sibi consciscant maerenti pectore letum,
obliti fontem curarum hunc esse timorem 

...y hasta a las veces por miedo a la muerte un asco tan hondo
de vida a los hombres les entra y de ver el cielo tal odio,
que en negra congoja la muerte se dan, olvidados del todo
que de sus penas aquel miedo era la fuente y el pozo...
 (Lucrecio, Libro III, vv. 79-82).

La cita recuerda también a Lucrecio cuando al final del libro VI, narrando los desastres de la peste de Atenas, se dice que los hombres no le tenían ningún aprecio ni por la religión ni a la divinidad de los dioses:
 Nec iam religio, diuom nec numina magni
pendebant; tantus conduxerat omnia torpor
pectora; numina enim praesens dolor exsuperabat.

Ni ya religión, ni a divinidades mucho de aprecio
prestaban: tan gran estupor encogiera todos los pechos;
pues al temor de los dioses vencía el dolor del momento.
(Lucrecio, Libro VI, vv. 1276-1277, edición y traducción de A. García Calvo).  


Otro gran desastre de la humanidad, el terremoto que sacudió Lisboa, la capital de un país católico y devoto como era y es Portugal,  llevándose por delante a muchos miles de creyentes y destruyendo todas y cada una de las iglesias de la ciudad en 1755,  el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, para más inri, le hizo decir a Voltaire que Dios ya no se ocupaba de los hombres.

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